UNA NUEVA ETAPA (CCCLIV)

Así pues, iniciamos aquella rutina. Entre semana, Hanna y yo asistiríamos puntuales al bufet; iríamos por las mañanas, con un horario bastante relajado, que nos dejaría las tardes para volver a reunirnos los cuatro en casa y proseguir con los asuntos jurídicos si ello lo requería.

El primer día, acompañada de mi amiga, me sentía como conducida al patíbulo. Iba a pasar cuatro horas encerrada con mi amante en su despacho; sabía el riesgo que ello conllevaba. Y, además, tendría que codearme con aquella manada de lobos hambrientos; con esos fríos abogados que me mirarían como a un ejemplar exótico; alguien que no había nacido en su tierra y que ni siquiera hablaba su idioma; una refugiada procedente de uno de los países que habían sucumbido a la fuerza del Imperio.

-¿Estás bien -me preguntó Hanna, consciente de mi turbación-?

-Más o menos. Me alegra mucho estar aquí contigo. Te estoy muy agradecida por lo que haces por nosotros; y, además, no puedo negar que, después de todo lo que vivimos en Kenia, pasar tiempo a solas contigo me sienta muy bien. Pero, como comprenderás, todo esto se me hace un poco raro. Ya sabes lo mío con Gabi y mi desliz con Luis; y ahora has aparecido tú.

-Y estás hecha un lío -corroboró, sonriéndome. Se sabía dueña de la situación. Yo, sumisa, indefensa, no tenía claro cómo proceder; mas, extrañamente, algo en mi interior me decía que debía estar calmada; que debía dejarme llevar. Pensaba en esas películas tan malas que había visto tantas veces, y sólo quería que Hanna echara el pestillo, me arrancara la ropa y me hiciera el amor encima de la mesa.

-Sí, pero no es eso sólo; don más cosas. Fue Raquel quien sugirió quedarse en casa con Gabi.

-¿Y qué? Es normal. Tú y yo somos amigas; ellos son agregados, por decirlo de alguna manera. Podríamos tener amistad con el tiempo, pero de momento no la tenemos en sentido estricto. Si uno de ellos se hubiera quedado conmigo, nos habríamos sentido un tanto incómodos.

-Sí. Comprendo lo que dices; es muy lógico. Pero noto una cierta complicidad entre Gabi y Raquel. Y es muy raro. Él es adorable; es la persona más tierna que he visto nunca; jamás me sería infiel. Y ella, una buena amiga a quien apoyamos cuando el novio la dejó.

-Es posible que todo lo que dices sea cierto. Pero no puedes olvidar que durante la Guerra ambos se quedaron solos; y que, para salir adelante, se ayudaron mutuamente y convivieron durante varios meses; y que, además, pensaban que habías muerto. En circunstancias tales, habría sido normal que hubiera surgido un afecto más intenso. Ante la idea de que hubieras muerto, el dolor habría sido inmenso para ambos; pero, al mismo tiempo, tendrían que continuar con sus vidas. Y, ya sin ti, Gabi no te habría sido infiel. Cuando regresaste, se alegrarían muchísimo de verte; pero, por otra parte, los meterías en un dilema.

-Sí; así es. Y no puedo ni debo ni quiero reprocharle nada a Gabi. Aunque se hubiera acostado con Raquel sabiendo que estaba viva, habría estado en su derecho, después de lo que le hice con Luis. Y en el fondo, además, creo que me gustaría que lo hiciera. Me demostraría con ello que ha ganado en seguridad; y me libraría de una carga.

-Cariño, ¿Seguro que es eso lo que quieres? ¿Y lo querrías por él o por ti, para no sentirte culpable? Parece que busques sentirte libre sin hacerle daño.

-Sí. Tal vez sea eso. Me gustaría que tuviera una aventura para justificarme. No me importaría que se acostara con Raquel, porque me encantaría que me hicieras el amor ahora mismo sobre tu mesa.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/09/2019.

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