UNA NUEVA ETAPA (CCCLV)

-Cariño, contrólate; no es el momento. Esto está lleno de gente; entre abogados y clientes hay unas cuarenta personas en la planta. Cuarenta personas que entran y salen y se van renovando. Además, las paredes son de papel. Son tabiques muy finos; ni tan sólo hay ladrillo. Aún suerte si no te han oído decir esas palabras. Aquí estamos para trabajar. Si tenemos sexo, se enteraría todo el mundo; y Angela me despediría. Imagínate: haciendo el amor con mi amiga en su despacho su primer día.

-Sí; tienes razón. Perdona. No sé lo que me ha pasado.

-Tranquila; no hay ningún problema -añadió en tono conciliador, con su bella sonrisa-. Yo también tengo muchas ganas de hacerlo. Pero tendremos que esperar. Quién sabe. Quizá alguna tarde podamos venir con alguna excusa. Por las tardes esto está despejado.

¡Vaya! ¡Qué cambio has dado, chica! ¡Pensar lo que me costó convencerte en Kenia para que nos acostáramos! Y ahora eres tú la que me lo pide.

-Sí. Yo soy así. Nunca tengo claro lo que quiero ni cuál es mi lugar en el mundo. Como éste, voy cambiando y me contradigo a mí misma cuando creía haberme afirmado sólidamente en mis palabras -respondí, bajando la mirada hacia la mesa inmaculada, con un tinte sombrío. Hanna tenía razón; no me encontraba a mí misma; no dejaba de dar vueltas de campana. Sabía que las palabras de mi amiga no ocultaban ninguna mala intención; que, en todo caso, buscaban hacerme reír y compensarme por su negativa. Pero tuvieron el efecto de hacerme notar mi inestabilidad. ¿Era ella debida a los acontecimientos vividos últimamente? ¿Al gran conflicto mundial? No. No podía achacarlo todo a eso. Me había acostado con Luis mucho antes de que estallara la Guerra. También era cierto que se trataba de una persona especial; que lo había conocido antes que a Gabi; y que todo lo que había vivido con él en aquella especie de balsa de vino constituía un atenuante de peso. Por otra parte, mis conductas en otros aspectos de la vida eran perfectamente racionales; había sacado con solvencia una carrera complicada; me había comprometido con mi novio y con mis amigas.

En cualquier caso, Hanna se percató de la tristeza que me invadía; de aquel breve instante lúgubre que me atenazó.

-¿Qué pasa ahora, tesoro? No te pongas triste. No has hecho nada malo. Es sólo que me hizo gracia el cambio; y quise hacerte reír. Perdona si la broma surtió el efecto contrario al esperado.

-Sí; lo sé. Tranquila. Nada que perdonar. Creo que son los cambios, el hecho de haber perdido a mi familia y haber tenido que emigrar.

-Sí; es cierto. Pero es lo que hay. Aunque te den bajones puntuales, hay que seguir adelante.

Ahora creo que es mejor que empecemos a trabajar. Los informes no se leen solos; y tenemos clientes nuevos todos los días. Además, eso te ayudará a mantener la mente ocupada.

La mañana seguía avanzando despacio, aunque parecía que ya hubiera caído la tarde; el cielo se había cubierto de oscuras nubes de tormenta y las primeras gotas se desplomaban con ligero estruendo contra los cristales. En el silencio que se apoderó de nuestro despacho, ambas con la vista en unos papeles que escondían amargas historias, podía oír el agua y las voces que llegaban del pasillo como un monótono ronroneo. Y entonces, sólo entonces, me di cuenta de la identidad del pobre desgraciado cuyo caso tenía ante mí. Hacía años que le había perdido la pista; creía que nunca más volvería a verlo. Y entonces, por otra vuelta de tuerca, volvía a cruzarme con él.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/09/2019.

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