NUESTRO SUEÑO

*Escrito dedicado a mi novia, Flora Ubaldo Alarcón:

Hacía tiempo que no me veía en tal situación; y lo echaba de menos, la verdad. Echaba de menos estar sentado una tarde de otoño en el sofá de mi casa, con la mirada perdida a través de los cristales del balcón. Allí se divisaba un cielo estampado de variados colores, como un cuadro impresionista; un fondo de tonos amarillentos y encarnados a los que se unían azules oscuros. Era un espectáculo propio de cada tarde; esa lucha entre la luz y la oscuridad; entre el día y la noche; entre la vida y la muerte. Un eterno retorno que se repetía con la inusual harmonía de los contrarios; una danza que al cabo de veinticuatro horas volvería a ser bailada bajo la romántica música de las estrellas.

Sobre ese fondo, el paisaje. Un paisaje que se complementaba con el firmamento; unas luces que alternaban en los semáforos con puntualidad; unos acordes que procedían de diversos lugares en formas de palabras ininteligibles desde la lejanía o del misterioso lenguaje de los medios de transporte. Era una imagen secundaria, acaso un burdo reflejo de esa bella realidad esculpida en el firmamento, pero con la cual se camuflaba para dar la sensación de un todo.

Ahí se extraviaban mis pupilas soñadoras mientras con las manos asía una taza rebosante de café. Era el último ingrediente -o casi- para hacer que ese instante fuera perfecto. No estaba demasiado caliente; y eso fue un error. Adoro el café humeante; sentir cómo sale el humo, cual las almas de que nos habla Homero al abandonar los cuerpos de los aguerridos guerreros griegos y troyanos; beber despacio el codiciado brebaje; que el fuego me incendie la garganta y adormecerme en una especie de experiencia dionisíaca, sin abandonar plenamente la conciencia.

Y, éste sí el último ingrediente: en una conmovedora soledad. Era eso lo que me permitía entregarme a mi ensoñación y otear el infinito; ver tu rostro y escuchar tu voz; sentir que podía acariciarte, que podía besarte, que podía decirte tantas cosas; que por fin no existían para nosotros las barreras… Que por fin podía tenerte. Te encontraba en una nube; contemplaba tu sonrisa, gozaba tu carcajada; esa felicidad que te inundaba y al mismo tiempo me colmaba. Y por un momento fuiste mía.

¿Cuánto tiempo duró ese sagrado momento? No podría decirlo. Menos de lo que habría querido. No me despertó la plena oscuridad del anochecer, cuando el cielo hubo dejado de sangrar; ni la vacuidad de la taza al terminar el café. Fue cuando se rompió mi soledad que salí de mi ensimismamiento; cuando aquella llamada me arrancó con un sobresalto de mi mundo onírico; cuando sentí que alguien me separaba de ti y me obligaba a regresar a la realidad con tiránica violencia.

Fue sólo un breve sueño; un febril deseo. Durante unos minutos fuiste mía. Sólo me faltó sentir tu piel al roce de mi mano; saborear tu boca al contacto de mis labios; oler tu melena cuando se unieran nuestros cuerpos. ¿Fue tal sueño un presagio? ¿Se aproxima el día en que colmemos nuestro anhelo? Es un instante que aguardamos con pasión y miedo, pero también con esperanza, con la ilusión de compartir una dicha que durante años pensábamos que nos había sido negada.

Pero ahora, después de tanto tiempo buscándonos sin saberlo, codiciamos hacer realidad nuestro sueño.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

01/11/2019.

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