UNA NUEVA ETAPA (CCCLXII)

La entrevista con Sokhôlov me dejó un tanto estupefacta. Hanna, con quien me veía forzada a compartir despacho, oyó toda la conversación; y, por lo que me dijo cuando nos quedamos a solas, había tenido que salirse unos minutos con disimulo, ante la imposibilidad de contenerse la risa por un caso tan absurdo. Sin embargo, según nos contó cuando ya estábamos en casa, no era tan extraño. Los juzgados estaban repletos de sujetos como aquél; tipos que, ansiosos por conseguir la nacionalidad alemana, empezaban a hacer grandes alardes de germanofilia, y llegaban a dominar el idioma. Representaban su papel con extraordinaria maestría, pues se trataba primeramente de convencer al abogado; era el medio más seguro para que éste emprendiera el caso casi como algo personal, y defendiera su causa con encono. Pero algunos, llevados de sus grandes dotes histriónicas, llegaban a sumergirse en su personaje hasta el punto de que éste terminaba por absorberlos. Quizá fuera ése el caso de Nichola, aunque no estaba del todo segura de si la metamorfosis se había completado en él. Me había prometido una enorme gratificación económica si ganábamos el caso. ¿Hasta qué punto hace eso un auténtico patriota?

A la semana siguiente me quedé en casa para que Raquel pudiera asistir al despacho y entrevistarse con su cliente, una danesa que había puesto un pleito contra el regimiento de Schleswig-Hollstein por destruir sus campos de cultivo durante la guerra. Me pareció increíble; una causa de antemano perdida. No podía entender que esas personas albergaran verdaderamente alguna esperanza de obtener buenos frutos de tales denuncias, como el caso de Jean Claude. Era duro decirlo, pero más les valía buscar la solución por otros cauces; tratar de rehacerse con nuevos proyectos. De esa manera lo único que conseguían era gastar sus pocos ahorros en denuncias que quedarían en papel mojado y saturar los juzgados; y nosotros, eso sí, conseguiríamos dinero de sobra para salir adelante. Y las arcas del Imperio, por supuesto, no dejarían de llenarse.

Volver a pasar tiempo a solas con Gabi me gustó, aunque se me hizo un poco raro. Era la primera vez que tomábamos una actitud seria el uno con el otro, ocupados en cuestiones laborales. Su caso era un poco espinoso. Se trataba de una mujer de Baviera casada con un polaco que había participado en el conflicto bélico a las órdenes del Reich; había tomado parte en la invasión de Polonia desde los primeros días, pero había caído en el combate. Y, a pesar de contar con la nacionalidad alemana y de haber emprendido sin asomo de dudas la conquista de su patria de origen, el gobierno germano se oponía a pagarle a la esposa la pensión de viudedad; alegaban que se trataba de un ciudadano polaco que había muerto a manos de los suyos por causas alienas al Reich. Su sangre no era pura; si había contraído matrimonio con la señora von Luchter, había sido bajo su responsabilidad; el Estado no se hacía responsable de un acto que, en todo caso, podía rozar la impiedad, por atentar contra el principio de la eugenesia.

Ahora Gabi se encontraba frente a un pleito que tenía su miga; una ciudadana alemana frente al Reich. Debía tratar de conmover los sentimientos del jurado y demostrar que el ciudadano Volfang Kepler había muerto por Alemania; que su sangre se había purificado desde el momento en que había abrazado la bandera del Reich y había bañado y teñido de rojo la tierra de Polonia con sus heridas.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/11/2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s