UNA NUEVA ETAPA (CCCLXIII)

La vista del caso de Nichola Sokhôlov fue programada para la semana siguiente. Era mi primer juicio, y no podía evitar una comezón que me recorría el cuerpo; un nervio que me devoraba. Pasé muchas horas practicando con Hanna; me aleccionó acerca de cómo debía dirigirme al jurado, las expresiones corporales… Obviamente, me expresaría en inglés; mi alemán aún era demasiado básico. Por otra parte, los berlineses son un pueblo muy seco; más aún que el resto del país. Debía exponer mis argumentos con firmeza y seguridad; evitaría cualquier gesto lastimero, cualquier sobreactuación, sin menospreciar los buenos sentimientos de mi cliente, cuya germanofilia debía quedar clara. Hablé con él antes de la vista, para informarle de la táctica que convenía que lleváramos a cabo y evitar que tuviera una reacción contraproducente. Era un hábil juego de sutilezas: que el semblante callara lo que supuestamente dirían los hechos.

Pero un acontecimiento vino a perturbar una cita que era tan memorable para mí; y, para los cuatro, importante por la cuestión económica: el día del juicio, en el Bunderstag, a un centenar de metros, tendría lugar un nuevo debate para el ingreso de Alsacia y Lorena como miembros de pleno derecho del Imperio. Después del fracaso del primer borrador, era necesario que el segundo se aprobara, para evitar una crisis de Estado. Durante los días previos había habido intensas negociaciones a puerta cerrada entre el canciller y los representantes de las demás fuerzas políticas; las últimas negociaciones habían sido a contrarreloj. Alemania entera, junto a las dos provincias que orbitaban en el tablero político, aguardaba inquieta. Y, observando recelosas, las otras superpotencias ansiaban que el Reich sufriera un duro revés.

Aquella mañana pude percibir la tensión en la calle. Frente al Bunderstag había cámaras de televisión de todos los Lands; los políticos aparecían con calma, casi saboreando ese protagonismo que ganaban por lo trascendental de la ocasión. Ahí estaba el reportero que tomaba una instantánea, otro que se acercaba a un líder para inquirir cuál sería el voto de su grupo parlamentario, si creían que el Reich podía entrar en crisis… En cualquier, en lo único en que estuvieron todos de acuerdo fue en un absoluto silencio como toda respuesta; en mantener la incertidumbre y la intriga hasta el mismo momento de la votación.

De hecho, aquella mañana los juicios arrancaron con suma lentitud; muchos magistrados no habían tenido tiempo de personarse en el recinto, debido al tráfico inusitado para cubrir tan importante evento. Era casi como si la ciudad entera se hubiera paralizado. Todo hacía prever que mi juicio se retrasaría; quizá no podría realizarse hasta el día siguiente.

Un ujier se paseaba por los pasillos; avisaba a los abogados de los horarios de las vistas e informaba de la velocidad que llevaban. Ahí casi todos eran extranjeros, incluidos los letrados; y más valía. Si los clientes estaban nerviosos por sus situaciones respectivas, lo que menos les convenía era un abogado obsesionado con la votación de la tarde. Además de llevar los casos lo mejor posible, debíamos transmitirles calma a los clientes. Sokhôlov, a mi lado, mascaba compulsivamente un chicle. Sólo horas más tarde, cuando todo hubo terminado, me dijo que era de nicotina.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

04/11/2019.

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