UNA NUEVA ETAPA (CCCLXV)

Celebramos mi caso como una victoria personal, aunque era consciente de que lo que había hecho no había tenido mérito alguno; había sido un caso menor, objeto de la administración del Estado, que había caído en mis manos debido al empeño del Reich por transferir aquellos asuntos a las instancias judiciales, donde hallaba mayor seguridad para que disminuyera la corrupción. Era por ello que mi victoria quedaba sonoramente deslucida; y ello afectaba a mi amor propio. Todos intentaban levantarme el ánimo; me felicitaban y me decían que había sabido convencer al jurado con la estrategia; incluso en el bufete recibí muestras de apoyo. Lo más sospechoso fue que la propia Angela me citara en su despacho para darme la enhorabuena. Entonces intuí que Hanna estaba detrás de aquello; que le había pedido a la jefa que me mostrara satisfacción, para estimularme.

Sin embargo, no se me quitaba de la cabeza que lo que había conseguido era algo insignificante. El reto, el gran reto, habría sido asumir el caso de Jean Claude. El día anterior a la entrevista, estaba convencida de tirar adelante con todas las consecuencias; pero, llegado el momento, me había frenado, consciente de que mis actos podían tener consecuencias sobre terceros. Algo como lo de Narayan era impensable en esas circunstancias; y había tenido que abandonar a mi amigo y a su hermano a su suerte. No había sido culpa mía, pero me sentía mal.

Gabi, por su parte, sí que se entregó plenamente a su sueño. Sabía que tenía un caso arduo; que tendría que explotar todos los recursos para sacarlo adelante. Tal como para mí, para él no era sólo una cuestión de dinero, sino de amor propio, más bien. Sabía lo mal que lo había pasado en la vida, lo mucho que necesitaba demostrarse a sí mismo; y eso pasaba por ganar un caso complicado.

Solicitó varios aplazamientos para viajar a Baviera, donde no sólo se entrevistó con la viuda del general polaco, sino con otras personas allegadas al matrimonio, que pudieran testificar en el juicio sobre la conducta patriótica de la víctima.

La firmeza con la que vi trabajar en aquellos días a Gabi hizo que me enorgulleciera de él. Me empequeñecía el ver que él hacía lo que yo no había intentado; pero se me hacía admirable verlo con ese tesón y con esa seriedad. Se dio un mínimo descanso para mi celebración, pero nada más. A menudo debía pasar el día fuera y regresar tarde; llegaba muerto de hambre y agotado. Nunca le acompañé. Sabía que habría sido un estorbo; que en cuestiones laborales es mejor la soledad. La pareja ha de saber encontrar sus momentos; y ahí era preferible que cada uno tuviera su espacio.

Pero hubo un momento en que la situación empezó a tensarse.

Gabi se tomó muy en serio el caso, como ya he dicho; y eso no gustó nada a la Liga de Schleswig-Hollstein. Al principio le dejaron hacer; lo vieron como a un joven abogado; extranjero, además. Creyeron que se cansaría pronto, o que actuaría con negligencia; y se rieron. Pero luego supieron de las frecuentes visitas de Gabi a Baviera y de sus movimientos; y entonces dejaron de reírse. Le enviaron cartas amenazadoras para que desistiera de sacar el caso adelante; le dijeron que conocían sus pasos; que sabían que estaba en Berlín con su novia y con una amiga, hospedados en casa de una ciudadana del Imperio; y que podría pasarnos algo si continuaba poniendo tanto celo en el caso del polaco. Debería pensárselo bien; nadie les echaría de menos si un día aparecían muertos.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/11/2019.

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