UNA NUEVA ETAPA (CCCLXVII)

A decir verdad, algo de cierto había en aquel reproche. Si estaba dispuesta a jugarme la vida por una causa justa, como ya había hecho, no debía darle importancia a la actitud de Gabi de querer seguir con el caso pese a las amenazas; en todo caso, debía posicionarme en su favor y animarle para conseguir la pensión para la viuda de Kepler. Pero, en vez de ello, había hecho lo posible por disuadirlo; había montado en cólera y me había sentido ofendida. En el fondo lo que me había afectado no era jugarme el tipo, sino no estar en primera linea; no ser yo quien se ocupara del pleito.

Ahora bien: si aceptaba que mi comportamiento no había sido del todo correcto; que mi ego se había visto de algún modo afectado, no por ello dejaba de sorprenderme la respuesta de Gabi. Estaba completamente seguro de querer llevarlo a cabo; y para nada había pensado en nosotros. Era una faceta del todo desconocida que por un momento me asustó; nunca lo creí capaz de semejante firmeza.

Y, por último, Raquel. Se había plegado con asombrosa docilidad a las palabras de mi novio, tanto en su apoyo para continuar con el caso como en el reproche que me hizo. Era como si Gabi ejerciera un cierto magnetismo sobre ella. Pero es que, además, Hanna tampoco había protestado. Hanna, mi amiga, aquélla por la que habíamos hecho el viaje, con la que me había estado enrollando durante un mes y que día tras día me seducía cada vez más. Ella no podía sentir atracción física por mí novio. Y, sin embargo, en ningún momento habló para defenderme.

La situación se calmó en los días siguientes. Acepté la voluntad de la mayoría, y procuramos continuar como si nada hubiera ocurrido. O eso era en teoría. En la práctica, cada vez que Gabi salía de casa, una gran tensión me envolvía; temía que no regresara; que en cualquier momento nos telefonearan o una pareja de gendarmes se personara en nuestra casa para comunicarnos que había sido asesinado. Las amenazas estaban denunciadas, y Hanna trataba de tranquilizarme. Pero no conseguía mantener la cabeza fría; ni tan sólo podía concentrarme en el trabajo. Entonces mis amigas comprobaron que no era sólo que mi orgullo se sintiera ofendido, sino algo más; una preocupación sincera por lo que pudiera pasarle a Gabi.

No obstante, las autoridades hicieron su trabajo; mi chico siempre regresaba. Pero, si nuestra seguridad estaba medianamente garantizada, la del corazón del Imperio no lo estaba tanto.

Un día, sin previo aviso, estalló una bomba en el Bunderstag. Fue un miércoles, en plena sesión parlamentaria. Murieron cincuenta personas: 27 diputados del partido socialdemócrata, 15 del partido Verde, 3 de la liga de Schleswig-Hollstein y 5 del partido Bávaro. El canciller se encontraba entre las víctimas; y eso era lo más grave; era como un atentado directo a la patria.

Curiosamente, aquel día no asistieron al hemiciclo los 30 diputados de Alemania Libre; y eso era muy sospechoso. Schmidt se apresuró a comparecer en una rueda de prensa donde condenó enérgicamente el atentado; pero a nadie le pasó desapercibido que ni él ni el resto de miembros de su grupo habían asistido al Congreso en un día tan fatídico para el Imperio. El peor desde que estallara la Guerra.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

15/11/2019.

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