UN PROYECTO INNOVADOR

*Escrito presentado a reto de noviembre de Lídia Castro, Escribir jugando:

Fue un método novedoso. Las autoridades lo habían puesto en práctica para fomentar la lectura entre los jóvenes, tan adictos a las máquinas recreativas. Por cien pesetas, una hora de lectura frente a aquella infernal pantalla. Sin embargo, la mayoría seguían fieles a los estúpidos videojuegos de siempre. Únicamente él acudía a aquel lugar para saciar su hambre de letras, aunque tuviera que aguantar de pie aquella hora. Pero aquella tarde se desató la tormenta; un rayo fue la sentencia para las dichosas máquinas. Muchos gritaron de rabia por el juego interrumpido; él, cabizbajo, se marchó ansioso por regresar y saber cómo acababa la novela.

Relato basado en el reto de Lídia Castro:

El proyecto era mirado con escepticismo por la mayoría de los habitantes del pueblo; ni siquiera los concejales del partido de gobierno confiaban en la viabilidad de la iniciativa. Cien pesetas por una hora de lectura. Ningún adolescente estaría dispuesto a gastar su escaso dinero para pasar una hora frente a un libro. Si no lo hacían en la biblioteca o en su casa, con la comodidad hogareña, menos aún en un local de ocio, a donde la gente acudía con ánimo de competir en aquellos estúpidos juegos. Cada cual tenía sus preferencias; y la de aquellos chicos era derrochar su paga diaria entre gritos y palabras embriagadas que demostraban la estupidez producto de su edad, que en muchos de ellos se prolongaría durante la edad adulta y la vejez en proporciones cada vez mayores.

Y, efectivamente, los pronósticos acertaron.

Los locales de ocio del pueblo continuaron atestados de jóvenes. Todas las tardes acudían después del instituto con religiosa puntualidad. Se sentían rebeldes incomprendidos; indomables luchadores que pretendían desatar su agresividad frente a las máquinas, envueltos en nubes de humo procedentes de sus cigarrillos.

La única novedad que se produjo fue la llegada de un chico nuevo a uno de esos tugurios. Diariamente acudía, introducía cien pesetas en una de las máquinas y empezaba a leer un libro. A su alrededor todo eran gritos, carcajadas y humo. Mantener la atención en la lectura se le antojaba complicado, pero se esforzaba por conseguirlo. Quizá aquello fuera incómodo, mas era la única solución que se le ocurría para tratar de superar esa timidez enfermiza que le impedía socializar. Quizá no trabara conversación con nadie, pero al menos conseguiría escapar por un momento de su soledad.

El primer día su llegada llamó la atención. Los otros chicos lo miraban como a un bicho raro; como un espécimen exótico. Incluso el dueño, un tipo huraño con tatuajes en los brazos, lo miraba con desdén. Pero nadie le dijo nada; creyeron que se cansaría.

Sin embargo, el joven reapareció; y su presencia se hizo cada vez más molesta. Desentonaba con el ambiente; rompía aquella armonía de salvajismo. Los demás, incomodados por la presencia en aquella pantalla de unas letras que apenas alcanzaban a comprender, humillados por su ignorancia supina, tomaron cada vez actitudes más hoscas.

-¿Qué lees?-

Le preguntó una vez alguien, con una risita maliciosa, mientras apoyaba la zurda en la máquina. El joven se sintió sorprendido; el detestable aliento a cerveza le sacó de su lectura. En la pantalla había una página de Crimen y castigo; era el principio; Dostoyevski había descrito con impresionable maestría la mísera pensión donde malvivía Rashkólnikov; había dibujado un gran retrato psicológico y había lanzado su dilema moral.

Y entonces sintió la incómoda presencia del otro. Un segundo sujeto, también apoyado en la máquina, lo flanqueaba por la derecha. Sentía el calor de sus cuerpos próximos, la hostilidad de sus palabras. Quería leer, pero no le dejaban; no le permitían llegar al crucial instante del vil asesinato. Aterrado, en su mente se sentía Rashkólnikov mismo. La muerte de aquellos dos sujetos habría sido igualmente útil a la sociedad; habría eliminado a dos inútiles. Pero entonces arreció la tormenta. Un rayo cayó oportunamente y dejó el local en tinieblas.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

17/11/2019.

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