EL AROMA DE LA NOSTALGIA

Hacía tiempo que no disfrutaba de aquello. Solía tomar un café a media tarde, después de comer; y, en ocasiones, acompañado por algún amigo. Pero pocas veces tenía la ocasión de pasarse por aquel bar y tomarlo en soledad, sin nadie que le cortara los pensamientos y le arrancara de sus reflexiones.

Pero aquella tarde halló un hueco.

Acuciado por el frío, se dirigió al mismo local donde había estado hacía apenas unos días; pero ahora, sin nadie que le importunara. Pidió un café y se sentó en un lugar retirado, junto a la ventana. A aquella hora el bar estaba prácticamente vacío; sólo había un par de personas. Eso contribuía a darle la intimidad que deseaba. Afuera ya oscurecía; las luces que manaban del interior eran tenues, confiriéndole a la estancia un tono romántico que se veía alimentado por una música suave.

Agarraba la taza con ambas manos; la acariciaba dulcemente, como si del seno de una mujer se tratara, para entrar en calor. El camarero había dibujado una flor en la bebida; ésta desapareció cuando introdujo la cucharilla para remover el azúcar. Y tras ello empezó a saborearlo y a calentarse por dentro. ¿Cuánto le duraría aquella sensación placentera? Siempre tenía el mismo dilema. Le gustaba tanto el café humeante, su aroma… Pero en algún momento se lo acabaría. ¿Se pediría otra taza? Ojalá tuviera tiempo; ojalá tuviera dinero.

Ocasionalmente miraba la calle a través de los cristales. Veía esa vida, ese cielo cubierto, oscuro; esas luces tenues… Había acudido al bar fruto de un acto improvisado. Ojalá hubiera tenido a mano su cuaderno y un bolígrafo. Le encantaba escribir; y ahí, en aquel rincón apartado, sumido en su soledad, acompañado por aquella suave música y el aroma del café, le habría escrito; ella le habría dictado las palabras que guiaran su pluma. Habría gastado sus últimas pesetas en un segundo café y habría pasado quizá una hora sentado en aquella esquina, con aquel ambiente bohemio que destilaba nostalgia, y la habría buscado a través de sus letras.

Pero aquella tarde no llevaba su cuaderno; y, aunque lo hubiera llevado, no tenía tiempo. Sólo disponía de diez minutos para degustar aquel café; diez minutos para alimentar su melancolía con la embriagadora bebida y seguir soñando despierto; diez minutos para caldearse mientras oteaba a través de la ventana con su mirada triste, que hallaba el oportuno reflejo en aquella suave música. ¿Era jazz? Lo ignoraba. Nunca había entendido de música. ¿Soul? Quizá. De hecho, le llegaba al alma; alimentaba su tristeza y le provocaba esa extraña mezcla de amargura y placer reconfortante. Ojalá hubiera aprendido a tocar algún instrumento; ojalá hubiera aprendido a crear tanta belleza con los sonidos. Pero la música nunca había sido su fuerte.

Cuando salió del bar, la oscuridad era casi plena. Le quedaban aún unos minutos para llegar a su destino, aunque debía apresurarse. Y entonces pensaba que debía regresar a ese mismo bar otra tarde, de nuevo bajo los gélidos vientos de otoño, y llevar su cuaderno para que ella volviera a guiar sus letras, como ya hiciera la vez primera, hacía ya más de tres años.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

20/11/2019.

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