UNA NUEVA ETAPA (CCCLXVIII)

Alemania Libre quedó manchada por la terrible sombra del atentado; máxime porque, a pesar de la contundente condena de Schmidt, sus palabras habían ido acompañadas por un nuevo reproche hacia los socialdemócratas y la reciente adhesión de las dos nuevas provincias. Lo ocurrido en el Bunderstag, dijo, había sido una enorme tragedia; pero a nadie debía escapar que la responsabilidad por lo sucedido correspondía a la Cámara por las recientes medidas adoptadas; que tan sólo habían empezado a sufrir las duras consecuencias por su felonía.

La actitud arrogante y soberbia del líder ultraderechista fue un escándalo. Y es que hace falta tener la sangre muy fría para hacer una declaración así en una situación semejante. Sus palabras eran del todo inoportunas; y, aún en el caso de haber guardado algo de verdad, no era el momento oportuno para proferirlas. Y, por si fuera poco, estaba su rostro impasible, marmóreo; no asomaba ni el menor signo de dolor por el magnicidio. La imagen que mostraban los televisores era más bien la de una máquina.

Hubo que remodelar todo el ejecutivo. El vicepresidente también había muerto en el atentado. El cargo de canciller recayó en Franz Schleiermacher, un joven completamente desconocido, que de repente se veía aupado a los máximos puestos de responsabilidad. Ello ofrecía la confianza de un aire nuevo; la energía y la intrepidez de un recién llegado a la política; pero, también, el temor por su inexperiencia.

Schleiermacher, sin embargo, se apresuró a despejar todas las dudas sobre su valía. Tal como correspondía a su edad, mostró una gran ambición; y desde los primeros días trató de hacerse respetar. Para ello no escatimó en medios; y su actitud rayó en la dictadura.

El mismo día en que asumió el cargo, ordenó una investigación exhaustiva; mas, sin esperar a los resultados de la misma, organizó redadas en las viviendas de los miembros de Alemania Libre; todos sus miembros fueron interrogados; y Schmidt, detenido e incomunicado. Eran medidas drásticas, que ante la opinión pública calificaba de temporales y necesarias, por la situación tan excepcional y peligrosa por la que atravesaba el Imperio. No podía permitirse un atentado de semejante calibre, declaró; y aún menos que el enemigo estuviera delante de nosotros y se burlara ante nuestras narices, como había hecho Schmidt. No podía gastar tiempo en conseguir pruebas; era urgente apresar a los sospechosos, antes de que éstos las eliminaran o llevaran a cabo nuevos actos de sabotaje. El Imperio afrontaba su crisis más importante; las otras superpotencias podían tratar de sacar rédito. Si se confirmaba que Schmidt estaba detrás del atentado, la condena podía ser la pena de muerte.

Pero las consecuencias por lo ocurrido también nos afectaban a nosotros. No sólo porque aumentara el riesgo de una nueva guerra, algo que aún aparecía como una posibilidad muy difusa; sino porque para los intereses de Gabi podía tener resultados desastrosos. La policía estaba ocupada en otros asuntos; no podía protegernos. Además, ahora se requería la unión del Imperio; el pleito ya no afectaría a Schleswig-Hollstein, sino a todo el Reich. Mi chico se sintió muy apenado. De hecho, en el momento de la explosión, que oímos desde casa con perfecta claridad, creo que ya s percató de cómo repercutiría en sus intereses. Hanna le sugirió que solicitara un nuevo aplazamiento hasta que los ánimos se calmaran; que alegara razones de Estado, por el propio interés del Reich.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

21/11/2019.

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