UNA NUEVA ETAPA (CCCLXIX)

Fueron días muy convulsos. Se trataba del tercer toque de queda a que asistía en mi vida; en apenas dos años. En esta ocasión no se me acusaba de nada; no tendría que ir a declarar. Pero era igualmente molesto tener que usar un salvoconducto para ir a trabajar; o pasar las noches encerrados en el apartamento porque estaban prohibidas las reuniones hasta que se desmantelara toda la red de sabotaje. Los informativos centraban su atención en el avance de las investigaciones, tal como sucedió en mi tierra cuando se produjo aquel estúpido asesinato; mas aquí las noticias parecían conducidas con mayor rigor que en mi país; no se vislumbraba la burda manipulación que quería ver un poderoso enemigo en un puñado de niñatos descerebrados.

La situación de Schmidt pronto se hizo comprometedora. En el ordenador de su despacho se halló abundante documentación que lo relacionaba con Tokio; había, incluso, una carta del propio emperador nipón, Hu Man Cek, donde le felicitaba por lo que calificaba como una exitosa operación, en referencia al magnicidio que ahora lo tenía contra las cuerdas. Derrotado en el Parlamento, en su afán de protagonismo y en sus ansias de poder se había dejado llevar por la traición. Y ciertamente había conseguido ser el centro de atención; y lo sería aún durante un tiempo. Pero para todos resultaba obvio que pagaría muy cara su venalidad. El emperador nipón se había servido de él para asestarle un primer golpe a Berlín sin mancharse las manos. Si los alemanes querían un desquite, arrastrarían a la comunidad internacional a un nuevo enfrentamiento.

Con el caso de Gabi aplazado hasta que los ánimos se calmaran, las chicas y yo nos ocupamos de asuntos menores, los únicos que podían salir adelante en aquellos días tan complicados; e incluso mi chico pidió otro expediente para no quedarse de brazos cruzados. Aunque se tratara de un problema de herencias, un miserable asesinato común, un asunto de violencia callejera, conflictos entre bandas… Cualquier cosa nos servía con tal de ganar un poco de dinero. Los únicos casos que cualquiera rechazaba, hasta el más portentoso abogado, eran los relacionados con los miembros de Alemania Libre. Incluso los abogados de oficio rechazaban hacerse cargo; habría supuesto una mancha demasiado grande en su expediente; y no querían cargar con ella. Inevitablemente, Schmidt y otros nueve miembros de la plana mayor del partido fueron condenados a muerte. Schleiermacher, implacable, no concedió el indulto. Es más: asistió ceñudo a la ejecución; y fue él quien se encargó de dar la orden de abrir fuego contra los ajusticiados. Las pantallas de televisión mostraron su rostro altivo, su voz recia; y cómo, tras la descarga, giraba sobre sus pasos y se marchaba sin hacer declaraciones. Quedaba por saber cómo reaccionaría frente a Japón. Todos lo ignorábamos; sólo él y su camarilla controlaban los pasos que se iban a dar; y no dejaban entrever sus intenciones.

En medio de este clima se constituyeron las nuevas Cortes. Fue un día muy especial; pues entonces, además, era el primer día en que se abría el Congreso desde el atentado; y lo hacía para dar cabida a cincuenta diputados más. Todo el Reich asistía expectante a la gran ceremonia, ansiosos por conocer los rostros de los recién llegados; por ver la nueva cara del Imperio; cómo afrontaba su recién adquirida grandeza. Y entonces asistimos a otra noticia tan sorprendente como esperanzadora.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

26/11/2019.

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