UN PARAJE IDÍLICO

Ignoraba por completo quién era aquel hombre; ni tan sólo recordaba por qué lo había matado. Pero lo había hecho. Qué duda cabía. Todo debía de haber ocurrido en circunstancias muy extrañas, hasta el punto de hacerme olvidar el crimen.

Sólo empecé a recordar cuando, ya instalado en mi nueva casa, comencé a deshacer las maletas y a esparcir por los muebles mis libros y los borradores de mi última novela; cuando los papeles se amontonaron sobre aquel viejo escritorio lleno de polvo, con ese toque de nostalgia que siempre me ha gustado. Sé que nadie me comprende; que algunos dicen que soy un maníaco o que estoy loco; otros, en cambio, más benévolos, sólo me califican de excéntrico. En cualquier caso, fuera como fuere, necesitaba ver el polvo en el escritorio; por eso les pedí expresamente a los antiguos propietarios que no la limpiaran; que la dejaran tal como estaba cuando me la mostraron con su afortunada negligencia, con aquel tintero antiguo, quizá de hacía dos siglos, por lo menos, con su pluma gastada; con las paredes carcomidas por el paso del tiempo. ¿Cuánto hacía que nadie viviría ahí? A buen seguro que quienes me la vendieron la habían heredado de sus padres, y la habrían abandonado siendo todavía niños.

Las maletas podían esperar; lo más importante era ordenar los libros. Me moría de ganas por escribir alumbrado por la tenue luz de una vela. Nunca lo había hecho; mas de repente se me ofrecía la oportunidad. En el escritorio había un cirio a medio consumir, que encajaba perfectamente con aquel ambiente tan romántico. Sabía que era una buena idea comprar aquella casa en la montaña, donde estaría aislado del mundanal ruido, en contacto con la naturaleza. Ahí encontraría la inspiración que necesitaba.

Coloqué unos cuantos folios sobre el escritorio y saqué la pluma estilográfica. Un poco de café caliente acabaría de darle el toque perfecto a la estancia. Me encantaba escribir entre sorbo y sorbo. Debía de haber guardado el paquete en algún lado, mas no recordaba bien. Ello me obligó a deshacer el equipaje y a abrir cajas, aunque después dejara el contenido tirado por el suelo con la indolencia que siempre me ha caracterizado.

Y entonces fue cuando se produjo el fatal hallazgo:

Al abrir una pequeña caja encontré un ratón muerto. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No acertaba a saber qué hacía ahí aquel pobre animal; qué era lo que había sucedido. Pero, indefectiblemente, tenía la firme certeza de que era yo quien lo había matado.

Pero mis problemas tan sólo habían empezado; pues entonces -tampoco sabía cómo- recordé lo de aquel hombre que me había acompañado. Él estaba ahí, en una de las maletas, muerto; tan muerto como ese desgraciado roedor. Y había sido yo quien lo había matado, como al inocente animal. Era extraño que aún no apestara. ¿Cuánto tarda un cadáver en empezar a descomponerse? Tarde o temprano el olor sería insoportable. Debía abrir todas las maletas, encontrarlo y deshacerme de él. Estaba en la montaña; sería fácil. Poca gente se adentra en esos parajes; bastarían unas horas para cavar un hoyo y enterrar el cuerpo. Pero, ¿Quién era? ¿Qué relación guardaba conmigo y con aquel pobre ratón? ¿Por qué no podía recordar nada? Me abrumaban las dudas; no podía pensar con claridad. Sólo sabía que debía encontrar el cadáver, sacarlo de la maleta y enterrarlo antes de que fuera demasiado tarde. Pero tendría que agarrar aquel cuerpo frío, muerto; tendría que enfrentar su mirada aterrada, sus ojos abiertos desmesuradamente en el momento de la muerte. No sabía si sería capaz.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

28/11/2019.

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