LAS HUELLAS DEL OTOÑO

*Escrito presentado a reto del grupo ‘Lectores y artesanos literarios’, de Andrea Gastelum/Mar Aranda.

Su delicada silueta solía confundirse en las tardes de otoño con aquel cálido paisaje. Se deslizaba con suavidad por las calles de la ciudad; por su larga alameda cubierta de follaje marchito, que alfombraba el suelo inerte. Era una algarabía de colores; había hojas ya secas, rígidas, rojizas; otras, en cambio, caídas poco ha, todavía conservaban su frescor y su tonalidad verde. Agonizantes, exhalaban su último suspiro en aquel cementerio silvestre.

A ello se unía la danza que tenía lugar en el firmamento con puntualidad solemne; una danza que rasgaba el cielo en una variada amalgama. El azul inicial se ensangrentaba; aparecía una tonalidad ocre que en cuestión de pocos minutos se oscurecía para dar lugar a un cielo opaco.

Aquello recordaba a la trágica muerte de Dionisos, el adorado dios que se sobreponía a su asesinato con un continuo renacer, sólo para al poco tiempo volver a sucumbir. La diferencia, más bien, era que en este caso parecía más bien tratarse de un suicidio; que el firmamento entero se aniquilara y gozara con su propia muerte; que, a su vez, hallaba su reflejo en la tierra, con aquellos árboles desnudos; con aquellas hojas marchitas.

Y la mujer se deslizaba solitaria por las calles, ajena al drama que la rodeaba. O tal vez no. Tal vez sus gráciles movimientos a través de la tierra alfombrada de cadáveres, sumida en su soledad, en sus pensamientos, con aquella sombrilla que la protegía del viento, escondían una mente reflexiva, cavilante; tal vez esa soledad fuera buscada para encontrarse a sí misma; para huir de un mundo tan lleno de ambición, de vanidad, de orgullo; para escapar de un mundo donde la vida había perdido todo su valor; donde quienes la rodeabaeqá
n le habían demostrado que la existencia se había convertido en algo insulso, absurdo.

Mientras el cielo se iba oscureciendo; mientras la noche se cernía sobre ella y cubría cuanto hallaba de negro; mientras extendía por doquier aquel extraño sabor que recordaba a la muerte, se decía cuán insulsa era la vida. No era la suya; ella no era más que un átomo en el universo. Esta vez se refería a la existencia en mayúsculas; a ese ser condenado desde su nacimiento a perecer; a que en apenas un instante se truncara; que desapareciera para siempre. Era volver a la tierra; regresar a la naturaleza para acaso renacer al cabo de millones de años, sin memoria, ajena a cuanto había sucedido; condenada a repetir su existencia hasta el infinito. ¿Era ése el drama de Dionisos? Quizá, aunque no estaba segura de haber comprendido la historia. Acaso fuera un castigo como el que sufrieran Prometeo y otros semidioses del Olimpo; con la diferencia de que ni ella ni cuanto poblaba el universo tenía conciencia de haber cometido un acto de soberbia ante ningún ser superior.

Se sentía acaparada por el nihilismo; un nihilismo desesperante. Su triste alivio consistía en mezclarse con la muerte aún en vida; aspirar el aire puro para ahogar durante unos breves instantes el acuciante dolor que le oprimía el pecho. Y entonces, cuando veía la ambición y la inconsciencia que la rodeaban, sentía a un tiempo envidia y desprecio ante tanta estulticia.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

04/12/2019.

2 comentarios en “LAS HUELLAS DEL OTOÑO

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