UNA NUEVA ETAPA (CCCLXXII)

Jean Claude había hilado muy fino sus palabras; había atacado al gobierno y se había expuesto; había mostrado una seguridad tan grande como su arrogancia y su temeridad. Cuando acabó su discurso, con aquel alegato final que ejercía de medida profiláctica para la integridad de su propia persona, así como una amenaza manifiesta a las cloacas del Imperio para que los dejaran en paz, los representantes de Alsacia y Lorena estallaron en una salva de aplausos tan sonora que, pese a no provenir más que de cuarenta y nueve diputados, por el estrépito parecían ser muchos más. Yo, boquiabierta por lo que había visto a lo largo de aquella media hora, en un primer instante no supe reaccionar, como tampoco supieron mis amigos. Permanecíamos todos frente al televisor, escuchando aquel barullo que ni la propia presidenta de la Cámara conseguía frenar, por más que golpeara incesantemente con el mazo sobre la mesa y reclamara orden.

Cuando por fin se serenaron los ánimos, doloridas las manos por los repetidos aplausos, el canciller accedió al estrado para hacer uso de su turno de réplica. Lo vi caminar un tanto vacilante; su figura había quedado eclipsada por la de mi amigo. De repente, toda la seguridad que había mostrado en jornadas anteriores parecía tambalearse.

‘Señorías, señor Khöller, señoras y señores de los partidos recién llegados, en primer lugar quiero dirigirme a ustedes para darles la bienvenida al Reich.

Nunca lo había visto carraspear ni interrumpirse a sí mismo. El lenguaje gestual es muy importante; y entonces, a juzgar por aquellos tics, se notaba que Schleiermacher estaba incómodo.

‘Pero, más allá de los preámbulos de cortesía a que nos obliga la etiqueta, he de dirigir mis palabras al representante de Alsacia, quien se ha mostrado extremadamente duro con este gobierno en general, y conmigo en particular; pues ha llegado a atribuirme comportamientos mafiosos.

Señor Khöler, usted puede que sea un recién llegado a la política; pero eso no le da derecho a emitir afirmaciones gratuitas; actúa entonces del mismo modo del que usted me acusa a mí de conducirme en los asuntos de seguridad nacional. Si no fuera por la inmunidad de que goza por su cargo, podría acusarle por calumnias y procesarlo.

Dicho esto, ser canciller conlleva una gran responsabilidad; la vida de cien millones de personas está bajo la autoridad de uno. A veces hay que tomar medidas desagradables; medidas que quisiéramos no tener que llevar a cabo, como las ejecuciones del señor Schmidt y de sus colaboradores. Las pruebas sobre su participación eran concluyentes; y los crímenes de Estado se pagan con la vida. ¿Hay método más seguro que ése? Claro; usted posee sangre francesa, igual que sus camaradas; y por ello participa de ese romanticismo tan bello y tan tierno que encandila a las almas juveniles. Un romanticismo que está muy bien en las novelas decimonónicas de Víctor Hugo y demás; pero que en la vida real es inviable.

Señor Khöller, esto es la vida; y la vida es lucha. Y, conforme progresamos, la lucha adquiere métodos más despiadados y crueles. Hay que erradicar todo mal del Reich, o seremos nosotros quienes sucumbamos.

La parte final de su discurso fue muy astuta; lo admito. Usted dice que no quiere ser objeto de un atentado; pero, advierte -y cito textualmente-: ‘si ello sucediera, creo que sería la muerte del Imperio’.

Hizo una breve pausa para atusarse los bigotes. Empezaba a recomponerse y a ganar fuerza.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/12/2019.

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