UNA NUEVA ETAPA (CCCLXXII)

-Usted apela a unos sentimientos muy bellos; hace gala del romanticismo francés, de la concordia entre los pueblos; proclama la necesidad de escuchar, de hacer autocrítica, como único medio para salir de esta grave crisis. Y, por si fuera poco, nos ofrenda su vida y se erige en mártir del Imperio.

¿Qué es lo que pretende, señor Khöller? Porque me niego a creer que sea usted tan ingenuo como para creer que vamos a dar nuestro brazo a torcer. No me diga que dar muestras de debilidad sería la mejor opción; porque ello despertaría los demonios de las otras Naciones sometidas; y justamente sometidas, por cierto, después del cruel acto de impiedad que llevaron a cabo con el filántropo.

Jean Claude evitaba mirarle; tenía los ojos clavados en la mesa, donde reposaban unos papeles sobre los que iba tomando notas. La cámara no enfocaba su rostro, mas su gesto era de concentración. Schleiermacher, cada vez más agresivo en sus palabras, iba elevando el tono, al tiempo que su rostro se encendía.

‘Y le diré una cosa más: cuando declara con esos aires de falsa modestia que su vida poco vale y que nada le importa, sino que teme únicamente por el Reich, usted miente descaradamente. ¡Sí! ¡Miente!

Schleiermacher elevó tanto el tono, que mi amigo no pudo conservar la calma y alzó la vista hacia el canciller.

‘¡Usted pide conciliación para cubrirse las espaldas; y eso le hace sospechoso! Usted pretende decirnos: ‘el diálogo es el único camino; cambiemos la Constitución y deroguemos la pena de muerte. De ese modo, si atento contra el Reich, no podrán aplicarme la pena capital’. Pero, claro, ¿De dónde podría venir ese repentino amor hacia el Imperio por parte de un recién llegado; alguien que tiene origen francés?

¡No, señoras y señores diputados -dijo, dirigiéndose a toda la Cámara-! ! El señor Khöller no es tan ingenuo como nos quiere hacer creer!

¡La ley es la ley -remancó, volviendo a centrarse en mi amigo-! ¡Y ni usted ni nadie está por encima! ¡De modo que ahórrese los romanticismos y las sensiblerías baratas! ¡Ahí no nos encontrará! ¡No vamos a tolerar que se abuse de nuestra hospitalidad al abrirles las puertas del Bunderstag.

Schleiermacher había sido categórico. Tras los instantes iniciales, en que se había mostrado dubitativo, había conseguido rehacerse y encadenar ideas, para culminar su réplica con una dura acusación contra mi amigo. Tras esto, la sesión debía haber concluido; pero la severidad de las palabras del canciller propició una contrarréplica de Jean Claude:

-Señoras y señores diputados, les ruego me disculpen por retenerles por más tiempo; pero el señor Schleiermacher ha vertido una grave acusación sobre mi persona; y faltaría a mi honor si no me defendiera.

Señor Schleiermacher, deshonra usted su cargo. Pretende erigirse en salvador de la patria; trata de ganar protagonismo con su mano férrea y dar una imagen de inflexibilidad. Pero la verdad es que usted es un ser despreciable. Si mis compañeros de Alsacia y Lorena y yo mismo estamos aquí es por la infatigable actividad del señor Stroesser, a quien tuve el honor de tratar personalmente. Usted no es más que un aprovechado; un recién llegado al puesto más alto por una tragedia que ha conmocionado al Imperio. !¿Y usted pretende darnos lecciones de patriotismo!? ¡Stroesser sí que era patriota! ¡Y él creía en nosotros; él creía en la integración! ¡Pero usted no! ¡Usted sólo es basura!

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/12/2019.

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