UNA NUEVA ETAPA (CCCLXXIII)

-Como puede comprobar, digo lo que pienso sin ambages, sin reparar en las posibles consecuencias de mis palabras. ¿De verdad cree que miento? No; no lo creo. Usted es un político de raza; y su instinto le permite discernir la verdad de la mentira.

Si escuchara los sabios consejos que en su día nos legara el gran Maquiavelo, ese brillante estadista tan denostado de puertas hacia fuera, pero que todos los políticos que aspiran a un puesto de relevancia leen y estudian con aplicada atención, mis formas serían mucho más refinadas; serían como las de usted, por ejemplo. Sería mucho más diplomático; no me atrevería a proclamar abiertamente que usted es un asesino despiadado y sin escrúpulos; cuidaría mucho más de aquello que debe callarse por decoro y mantendría la misma actitud cínica que usted nuestra conmigo y con tantos otros.

La cámara enfocaba atentamente a Jean Claude y al canciller. Mí amigo no había perdido su aire desafiante; por el contrario, se mostraba cada vez más osado. Era directo, sin subterfugios. Como un kamikaze, estaba dispuesto a llevarse a su rival a la tumba si debía morir. Y Schleiermacher, por su parte, azotado por tal vendaval de franqueza, escuchaba aquello con rabia. Se le notaba colérico; tenía el rostro lleno de un rubor que lo incendiaba por dentro. ¿Cómo podía replicar a las palabras de Jean Claude sin confirmarlas? Mí amigo sabía lo que hacía. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar; y ése era su punto a favor. Hay un momento en que los oprimidos ya no tienen nada que perder, salvo sus cadenas; y entonces los de arriba tiemblan.

‘Le he dicho que es un miserable y que es basura; y me reafirmo en mis palabras.

Lo que aconteció en esta Cámara hace un mes fue una terrible tragedia, pero usted la ha aprovechado para sembrar el terror. Ha usado el drama que viven las familias para legitimar un estado de excepción que nunca nadie había soñado para el Reich; y así, con su terror jacobino, pretende perpetuarse.

¡¿Y todavía osa cuestionar mi patriotismo!? ¡Con su xenofobia, más propia de los malogrados miembros de Alemania Libre, no hace más que sembrar la discordia y llevar el Imperio al caos!

No. No es posible que esto sea cierto. O tal vez sí.

Me refiero, señoras y señores diputados, a una sospecha que acaba de asaltarme. El señor Schleiermacher ha sacado buen rédito del atentado. Pues bien: empiezo a estar convencido de que tiene algo que ver con lo que sucedió. ¡Quizá lo planeó todo junto al señor Schmidt y los demás; y, una vez cometida la masacre, los traicionó!

Jean Claude había llegado demasiado lejos. Schleiermacher no pudo más; se levantó de su escaño y empezó a gritar con todas sus fuerzas, a pesar de tener el micrófono apagado. Sus compañeros de partido lo secundaron en su protesta; patearon el suelo y ahogaron las últimas palabras de mi amigo. Sin embargo, para equilibrar la situación, los diputados de Alsacia y Lorena lo ovacionaron con un aplauso tan sonoro o más que las protestas.

El clima de crispación llegó al momento álgido en aquella jornada memorable. La presidenta del Parlamento, abrumada por los gritos, y ante el temor de que aquello desembocara en violentos disturbios, tuvo que suspender la sesión. Eran las 0:30.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

17/12/2019.

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