CAFÉ, OSCURIDAD, BEETHOVEN

Todos los días comía a la misma hora; a aquella hora tan intempestiva, tan poco común para la mayoría de la gente. Quizá ello contribuía en aquella decisión. Le gustaba sentirse diferente, romper con los cánones habituales; desviarse de la norma. Y entonces, solo en su modesta casa, en silencio, tomaba algo sencillo.

El invierno le cautivaba de manera especial. A aquellas horas podía comer en la penumbra, con los últimos rayos de luz que entraban por el balcón. Siempre le había atraído la oscuridad; incluso cuando era niño. Eso lo recordaba. Era su temperamento romántico y melancólico, que a menudo le dibujaba una mirada triste y lacrimosa en sus pardas pupilas. Sus ojos escondían un recóndito pesar por un acontecimiento lejano, pero que diariamente evocaba en sus pensamientos; y se hallaba más cómodo en medio de las tinieblas. Ojalá pudiera sentir el frío en los huesos, como cuando, en sus años de primaria, ya presa de la melancolía, se sentaba frente a la estufa y se tapaba las piernas con las faldas de la mesa camilla. Pero no. Ahora sólo le quedaba esa anhelada oscuridad, con aquel café humeante.

Ahí, sentado en el sofá, sujetaba la taza con ambas manos y la apoyaba en las rodillas para que el calor le llegara a todo el cuerpo. Estaba hirviendo, pero no le importaba; lo prefería así. Sentir cómo se enfriaba lentamente y beberlo a pequeños sorbos mientras observaba la calle a través del balcón. Ahí estaban los semáforos, siempre cambiantes. Los miraba mientras escuchaba una sinfonía de Beethoven. Era el compositor que más admiraba; le seducía su estilo; esos cambios bruscos; el vigor de su música; aquel carácter fuerte y decidido. La escuchaba, y al momento se sentía trasladado al siglo XIX; a ese siglo tan convulso y tan importante para la historia de la humanidad. Creía ver las hordas napoleónicas dominando media Europa; las terribles revoluciones que sacudieron al Viejo Continente; la Corte austriaca. ¡Cómo le atraía el Imperio austro-húngaro! Pensaba en ese ambiente cosmopolita y palaciego; y lamentaba que la Primera Guerra Mundial hubiera acabado con ese gigante; con ese hermoso crisol de culturas.

El siglo XIX también había supuesto la unificación alemana y el nacimiento del comunismo en Rusia, que había de marcar la historia de este gigante durante todo el siglo siguiente. Y, en ese propio XIX, llevaron a cabo su obra Chéjov, Dostoyevski y Tólstoi. Había leído a los dos primeros; sólo desde hacía algo menos de una semana había abordado al tercero, con su Anna Karénina.

Escuchaba aquella sinfonía, con aquellos cambios violentos, que de alguna manera definían su propio carácter, y bebía el café, pensativo. Cuando terminó, fue a la cocina a preparar más. Tuvo que encender la luz, algo que rompió aquel momento mágico; pero fue sólo unos minutos. En cuanto la cafetera se halló al fuego, volvió a apagarla y se sentó en el banco de la cocina, con los pies apoyados en un taburete, y permaneció pensativo, mientras la sinfonía de Beethoven seguía sonando. Cuando oyó que el café hervía, lo apagó y aspiró su aroma.

Café, oscuridad, aquella música que le inspiraba… Todo aquello contribuía a estimular su melancolía. Era un sentimiento contradictorio, que a un tiempo le reconfortaba y lo devoraba.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

26/12/2019.

2 comentarios en “CAFÉ, OSCURIDAD, BEETHOVEN

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