UN PLACER IRRESISTIBLE (IV)

Todos esos recuerdos afluyeron a su mente cuando halló abierto el supermercado aquel día tan inesperado; y fueron las gratas sensaciones vívidas ese día las que lo arrastraron de nuevo a su interior. Si hubieran sido otras las circunstancias; si no le hubiera invadido ese sentimiento de derrota y abatimiento por el café que había tomado de manera tan apresurada media hora antes, sin apenas tiempo para gozarlo, habría pasado por delante del supermercado satisfecho, tanto o más que cuando aquella máquina le brindara aquel inconmensurable placer. Quizá le habría dirigido desde fuera alguna mirada admirativa; pero al instante habría seguido su camino.

En cambio, aquella tarde se sintió irremisiblemente arrastrado al interior del supermercado. En su fuero interno sabía que eso era un error; que violaba una de las reglas básicas del Libro del perfecto gañán, ese manual non scriptum que todo superviviente debe conocer; y, según la cual, no debía aventurarse por ningún recinto del que se hubiera ausentado sin pagar hasta que pasara un lapso de tiempo prudencial para que su acto y su propio rostro cayeran en el olvido.

Pero no. Un mes era demasiado; y más para él, que nunca se había caracterizado por ser una persona paciente; y aún menos en aquel momento, con el orgullo herido. Por otra parte, se había dirigido a aquel lugar sin ninguna voluntad de desquitarse; no contaba con encontrar el supermercado abierto. Pero ahí estaba, con sus puertas accesibles que lascivamente le invitaban a penetrarlo. Todo eso no podía ser casual. No podía ser casual que el supermercado le tentara de aquella manera el mismo día que había sufrido una experiencia tan traumática; ni podía ser casual que fuera por esa calle cuando no esperaba nada de ello.

El manual tenía sus reglas; pero toda regla tiene su excepción. Y ésa se le había acabado de presentar.

Impelido por el ansia de desquite, entró en el supermercado y se dirigió a la máquina. De nuevo nadie le miraba; nadie se fijaba en él. Y la máquina, con su coquetería habitual, se le presentaba rentadora. La habían modificado; quizá, las propias trabajadoras. Ahora estaba habilitada para que cupiera un vaso grande, que era para lo que estaba invariablemente programada. El letrero de empezar continuaba iluminado, con la opción del café con leche seleccionada. Le bastaba con un vaso mediano, pero sabía que se desbordaría, como en la ocasión anterior. Y, además, nunca le importaba que le invitaran a café. Si había llegado hasta ahí en un día en que se había sentido tan desgraciado y se había encontrado con semejante situación, debía de ser por algo; tendría que haber alguna divinidad que velara por él. Acaso estaba destinado a esa máquina; acaso ese café fuera el más indicado.

Con la seguridad que le proporcionaba la experiencia, sintiéndose un elegido, depositó el envase en la máquina y presionó el botón. Segundos después salió el café y se retiró a un parque donde poder saborearlo. Ahí fue donde sintió que se le restituía el honor anteriormente ultrajado; donde se recobró su espíritu.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

09/01/2020.

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