UN MOMENTO DE FURIA

Aquella mañana se sentía especialmente optimista. Era una mañana cálida de otoño; una de esas mañanas en que el sol se convierte en un agradable refugio contra el gélido viento; una mañana festiva, en que la temperatura benigna se mezclaba con las sonrisas de las mujeres y con las carcajadas de los niños que correteaban a su alrededor. Y él, con su inmaculada camisa blanca, se sentía seguro, alegre por ver que entorno suyo había tanta felicidad. Su esposa y sus hijos lo eran todo para él. Sólo tenía que hacer unas pequeñas compras antes de regresar a casa y partir con su familia al campo.

En el centro comercial se repitió la aglomeración de la calle. Aquel ambiente invitaba al consumo. Sin embargo, no se excedió; llevaba poco dinero y no quería cargar demasiado. Además, en solitario no disfrutaría de la misma manera.

Compró los dos cartones de leche que le había encargado su mujer y regresó con paso resuelto, siempre esbozando su sonrisa propia de un anuncio de dentífrico, que más bien le hacía parecer idiota; aunque eso no le importaba. Le traía sin cuidado lo que pensaran los demás. Por otra parte -se decía-, prefería dar esa impresión y que no lo tomaran en serio; así nadie lo consideraría una amenaza y estaría más seguro. No debía aparentar seriedad cuando su vida era tan maravillosa.

Absorto en su mundo, con la vista clavada en el cielo azul, recibió como un estruendoso impacto los disparos que tuvieron lugar a sus espaldas y que lo sacaron de su ensoñación. Después de atracar la joyería del centro comercial, el ladrón se abría paso a tiros; la gente se apartaba y las señoras gritaban despavoridas. Impresionado por aquello, se detuvo a contemplar el espectáculo. ¿Quién podía ser tan inútil como para asaltar una joyería a punta de pistola a pleno día? Aquello parecía más propio de una mala película.

Paralizado, no se percató de cómo se le plantó delante el delincuente; quien, enloquecido, le encañonó. Sólo entonces reaccionó. Fue todo muy rápido; tuvo que actuar en cuestión de segundos. Sin tiempo para correr, para esconderse, sólo se le ocurrió cubrirse con aquellos cartones. Al momento oyó una detonación; y, un segundo más tarde, otra. Entonces se le nubló la vista. Un frío líquido le invadió el cuerpo.

Cuando por fin pudo abrir los ojos, vio su rostro pegajoso, bañado en leche, como lo estaban su torso y su hermosa camisa blanca que el día anterior le había regalado su esposa. El ladrón, sin balas, calmado tras su explosión colérica, lo miraba con expresión incrédula, desprovisto ya de rabia; y él, en cambio, arrebatado de furia por semejante oprobio, se lanzó con todas sus fuerzas contra el agresor.

-¡¿Pero en qué estabas pensando, desgraciado!?

Le gritó, antes de tumbarlo en el suelo de un puñetazo. La multitud se reunió entorno a ellos, pero nadie detuvo al hombre de la camisa blanca, que atizaba incansable al delincuente. Sólo cuando empezaban a dolerle los puños y a faltarle el aliento se detuvo.

-¡Ahora vas a pagarme la camisa que me regaló mi esposa, hijo de puta! !Y la leche me ha costado 200 pesetas!

Le gritó, mientras metía la mano en el bolsillo del otro; sacó un monedero y lo abrió. Dentro no había más que veinte pesetas.

-¡Estás más pobre que las ratas, cabrón!

Le dijo, y le quitó uno de los collares que había robado, abriéndole la mano derecha.

-Estas perlas quedarán mejor en su cuello que en el tuyo.

Y se levantó para regresar al centro comercial a comprar otros dos cartones de leche, mientras se guardaba el collar.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/01/2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s