¡TE PILLÉ, CABRÓN!

¡Te pillé, cabrón!
Apuesto a que pensabas que siempre me burlarías; que nunca conseguiría atraparte. No te lo reprocho; es lo más normal. A todos os caracteriza la misma vanidad, la misma arrogancia, el mismo orgullo. Pensáis que habéis realizado una obra maestra, un crimen perfecto; pero, ¿Cuánto dura ese sentimiento? Poquísimos son los que han conseguido burlar a las autoridades y esquivar las pesquisas. Por lo general, siempre hay algún pequeño detalle que delata a esos semidioses para bajarlos de su nube y devolverles su apariencia humana. Y entonces, conscientes de cómo su acto de soberbia los ha perdido, se derrumban. De eso nos ha hablado Dostoyevski; pero, sobre todo, Colombo.
Sin embargo, debo admitir que has sido un rival digno; que me hiciste pasar grandes apuros; y que durante un pequeño instante yo también estuve a punto de darme por vencido; llegué a creer que pasarías a formar parte de ese exiguo grupo de criminales anónimos que, sin dejar su nombre para la posteridad, han marcado una época. Si continué la lucha fue únicamente porque estaba acorralado; porque era mi única salida. Eras tú o era yo; o te cogía, o moría.
¡Ah, cabrón! ¡Cuántos desvelos me has costado!  Habría preferido que mis insomnios los hubiera marcado una bella dama. El dolor acaso habría sido más intenso que el que tú me produjiste; pero bien habría valido la pena, si las reconciliaciones se hubieran celebrado con el habitual derroche de fuegos artificiales. Pero tus disgustos eran horribles; me pasaba el día angustiado y quejumbroso, después de una noche en que apenas había conciliado el sueño.
Pero, ¡Ah, cabrón! Debía luchar; y en la refriega conseguí descubrirte; y ya no puedes ocultarte por más tiempo.
La tarea era aún más sencilla de lo que esperaba; y ahora, aún después de haberte derrotado, me avergüenzo por no haber hallado antes el camino. Era algo tan simple como sustituir unos valores por otros; y, así, tarde o temprano habría descubierto el elemento patógeno que tanto me atormentaba. Pero, para colmo de humillaciones, no di con el procedimiento deductivo por mí mismo, sino de una manera accidental, después de comprobar cómo, tras pasar unos días en casa de mi padre, sin esas deliciosas galletas con pepitas de chocolate negro, empezaba a encontrarme mejor.
¡Ah, cabrón! ¡Cuántas diarreas me has costado! Al final ya tenía el ano inflamado. Me sentía impotente cuando los retortijones me atenazaban las tripas en medio de la madrugada; cuando dejabas tu marca en mi ropa interior y un olor fétido me embargaba. Así transcurrieron meses. Meses sin dormir bien; meses lavando los calzoncillos a mano; meses usando ambientador para que mi habitación fuera un lugar habitable.
¡Pero te cogí, cabrón!
¿Te cogí? Tal vez sea demasiado presuntuoso; tal vez aún no pueda cantar victoria; tal vez no pueda hacerlo nunca. Jugaste muy bien tus cartas; me hiciste adorarte de una manera tan intensa, que ahora difícilmente concibo mi vida sin ti; sin esas galletas con pepitas de chocolate negro de la marca gullon.
Quizá nunca pueda librarme de ti; quizá me hagas sucumbir. Pero, al menos, siempre podré decir: ¡Te pillé, cabrón!
Autor: Javier García Sánchez,
Desde las tinieblas de mi soledad.
15/01/2020.

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