DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS, POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (II)

 

RESUMEN DE LA OBRA:

García Márquez aborda esta novela de un modo muy original; pues se sirve de su labor periodística para abordar un hecho ficticio, que expone como histórico. Es una historia cruda; pues, tal como se observará a lo largo de las siguientes líneas, desde el principio se conoce la suerte desgraciada que sufrió el personaje principal; de manera que el lector ya es consciente de que no podrá salvarse. Es un procedimiento que nos recuerda el empleado por el autor en Crónica de una muerte anunciada o en Noticia de un secuestro, con la diferencia de que éstas reflejan hechos históricos; mientras que la presente novela, sin embargo, es ficticia.

La trama se inicia cuando el maestro Clemente Martínez Zabala, el jefe de redacción del diario para el que trabajaba García Márquez en 1994, le informa de que están vaciando las criptas del convento de Santa Clara para construir un hotel de lujo; y le sugiere que se acerque a la zona. Entre las personas de alcurnia que ahí yacían se encontraban un virrey del Perú, el obispo Toribio de Cáceres y Virtudes y la abadesa Josefa Miranda. También figuraban la cripta del segundo marqués de Casalduero, Ygnacio de Alfaro y Dueñas, vacía; y la de su esposa, Olalla de Mendoza. Pero lo más sorprendente fue una cripta que albergaba los restos de una niña de doce años, Sierva María de todos los Ángeles -la hija de los marqueses-, cuya cabellera ocre medía 22 metros y 11 centímetros. El maestro de obra le explicó que el cabello crecía un centímetro a mes después de la muerte, algo que daba una antigüedad de 200 años, y permitía datar la misma en el siglo XVIII. El caso es que este hecho le sirve al autor para referir su historia, que, según comenta, le había sido narrada por su abuela:

La acción empieza cuando una sirvienta mulata se aventura por el antiguo Portal de los Mercaderes, a pesar de que sus dueños se lo habían prohibido, con objeto de observar el desembarco de esclavos procedentes de Guinea. Pero los esclavos, que viajaban hacinados desde las costas africanas, contraían muchas enfermedades, y muchos morían; y los patronos, queriendo evitar la mala imagen y el pánico ante la población, arrojaban los cadáveres al mar, donde infectaban las aguas. Un perro que bebió de ellas contrajo la rabia; y en su huida mordió a tres personas, una de las cuales, una niña que acompañaba a la sirvienta mulata; era la hija de los marqueses de Casalduero. Era un 12 de diciembre, día de San Ambrosio, cuando la niña celebraba su duodécimo cumpleaños.

La sirvienta le limpió la herida, focalizada en el tobillo izquierdo. Era una herida superficial, que no debía dar más preocupaciones; però la sirvienta, inquieta, se lo confesó días más tarde a la marquesa, que inspeccionó a la niña, sin notarle nada de importancia. Posteriormente otra sirvienta notificó al marqués el accidente; y éste se preocupó más. A partir de aquel instante la observó con detenimiento y buscó al licenciado Abrenuncio, el médico más capacitado de la ciudad, que la analizó detalladamente, sin hallar síntomas de rabia.

Cabe destacar que la mordida supuso un punto de inflexión en las relaciones del padre con su hija; pues éste, como su esposa, se habían desentendido de la niña, viéndola como la causante de sus desgracias, ya que con su nacimiento los había condenado al matrimonio. Prueba de este deprecio es que la madre le pregunta con indiferencia al marido cuántos años cumple la niña; es algo que no le importa. O el hecho de que ésta duerma con la servidumbre, fuera de casa. E incluso, cuando los esposos hablan acerca de la mordida, la mujer se mantiene fría; dice que han de mantener las formas ante la opinión pública, como si no hubiera pasado nada, y mostrar aflicción si muere.

No obstante, después de la mordida, el marqués colma de atenciones a su hija, y la vuelve a introducir dentro de casa. Alberga la ilusión de hacer un viaje por Europa con su hija; y está todo preparado para el mismo cuando ésta cae enferma. Fruto de los prejuicios de la época, las sirvientas y los marqueses temen que se trate de los primeros síntomas de la rabia. En medio de todo el revuelo originado en la ciudad, el obispo de la diócesis se entera de la noticia y manda llamar al marqués, a quien sugiere el internamiento de la niña en el convento de Santa Clara.

El marqués accede a la encomienda del obispo; prepara a la niña y la lleva al convento sin comunicárselo a su esposa, que no se percatará de la ausencia de la hija hasta días más tarde. El padre, apenado, la prepara para su marcha con el presentimiento de que no la va a volver a ver. La observó cómo se alejaba, cojeando del tobillo izquierdo, donde recibió la mordida, y a los pocos días le invadió el remordimiento.

Fue internada en un pabellón solitario, donde sólo había una reclusa, que cumplía cadena perpetua por haber asesinado a dos compañeras. Se comporta com timidez; no se relaciona con nadie. Hay un momento en que unas compañeras le roban unos collares en el patio, y ella les ataca. Sin embargo, más adelante unas esclavas negras reconocen sus collares africanos y traba amistad con ellas.

Pero la abadesa la odia por haber sido enviada por orden del obispo; pues entre el obispado y el convento había un conflicto acerca de unos terrenos, que años atrás había dado pie a que el obispado sitiara el convento; pero las monjas habían conseguido abastecerse gracias a un túnel secreto. Su resentimiento con la niña la lleva a incomunicarla.

Pero la abadesa la odia por haber sido enviada por orden del obispo; pues entre el obispado y el convento había un conflicto acerca de unos terrenos, que años atrás había dado pie a que el obispado sitiara el convento; pero las monjas habían conseguido abastecerse gracias a un túnel secreto. Su resentimiento con la niña la lleva a incomunicarla.

Posteriormente Cayetano Delaura, el discípulo del obispo, encargado del exorcismo, la visita. Al principio la niña le ignora, e incluso se muestra agresiva. El cura se muestra osco y prepotente con las monjas; y ello hace que la abadesa proteste. Delaura, por su parte, empieza a sentirse atraído por la niña; le comenta al obispo que no cree que esté endemoniada, però Toribio desconfía.

Tras una de las visitas a Sierva, Delaura se siente tan abrumado por los remordimientos, que le confiesa al obispo su amor por la niña. Como represalia, pese al aprecio que le tenía, Toribio lo despoja de la encomienda y lo envía de enfermero al hospital de leprosos del Amor de Dios.

Arrepentido por su confesión al obispo, Delaura visita a Abrenuncio para entrevistarse con él acerca de la niña. El médico le confirma su tesis de que Sierva no ha contraído la rabia, y lo acoje benévolamente. En medio de la charla, le ofrece el cuarto tomo de Amadís de Gaula, que el cura no pudo acabar de leer al entrar en el seminario, pues le fue confiscado.

Aprovechando el antiguo pasadizo del convento, Cayetano visita por las noches a la niña, que empieza a recibir un trato de favor cuando llegan los nuevos virreyes a la ciudad y se hospedan por unos días en el convento; pues la virreina era familiar de la abadesa. Durante una de las pláticas que tienen, Sierva le cuenta a Cayetano un sueño, donde ella come uvas de un racimo, consciente de que cuando lo termine morirá. El cura se estremece al oír la historia; pues había tenido la misma pesadilla noches antes.

Todo canvia para la niña cuando Martina, la otra reclusa, aprovecha el túnel que Delaura ha usado para visitar a Sierva. En cuanto las monjas descubren la artimaña, cambian de celda a la niña y tapian la entrada. Desesperado, el cura se hace sangre en las manos.

El dia 27 de abril empiezan los exorcismos. Se saca a Sierva de la celda en la madrugada, se la despoja de sus collares y le rapan la cabeza. En un principio se encarga el obispo, que sufre un desmayo y deja su puesto al padre Tomás de Aquino de Narváez, que ha estudiado lenguas africanas y no cree que la niña esté endemoniada; por ello, le assegura que saldrá del convento en pocos días. Mas, por desgracia, al día siguiente de la visita, el cura aparece muerto.

Los exorcismos continúan con otro sacerdote. Sierva, deprimida por la tortura a que la someten sin que haya causado ningún daño a nadie, sin ver a su amante y sin mostrar síntoma alguno de rabia, deja de comer y empieza a perder peso El día 29 de mayo, agotada, desnutrida y torturada, muere.

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