GUERRA Y PAZ, POR LEÓN TÓLSTOI

Bennigsen descendió por la carretera, dirigiéndose hacia el puente que el oficial había indicado a Pedro como centro de nuestra posición. Después atravesaron Borodino; desde allí, tomando hacia la izquierda, dejaron atrás una inmensa masa de soldados y de furgones de artillería, y se encontraron ante un montículo donde los milicianos ejecutaban trabajos de atrincheramiento: era la fortificación que más adelante debía llamarse Raievsky o batería del montículo. Pedro no se fijó en aquel punto; no podía sospechar que aquel sitio había de ser el más memorable del campo de batalla de Borodino. Franquearon después la hondonada que les separaba de Semenovsky; los soldados transportaban las últimas maderas de las cabañas y de las granjas. Luego, subiendo unas veces y bajando otras, atravesaron un centeno, todo pisoteado, y siguieron el camino abierto por la artillería en medio de los surcos de un terreno no labrado, para llegar a las obras en que se trabajaba todavía. Dejando tras de sí las obras avanzadas volvieron al camino que, alejándose hacia la izquierda, atravesaba, formando curvas, un bosque de abedules juntos, pero bajos. Dos verstas más allá desembocaron en una claridad del bosque: allí estaban los soldados de los cuerpos de Tutchkov, encargado de defender el flanco izquierdo. Pedro vio que Bennigsen hablaba con calor, y supuso que había acabado de tomar una resolución de las más importantes. Junto a las tropas de Tutchkov había una eminencia, que no estaba ocupada por nuestros soldados. Bennigsen criticó aquello, diciendo que era absurdo dejar sin guarnición un punto tan elevado, contentándose con establecer algunas tropas bajo él. Algunos generales fueron de su opinión. Uno hubo que con energía militar sostuvo que aquello era exponerse a muerte cierta. Bennigsen ordenó que se guarneciera la elevación. Y Bennigsen, ignorando que aquellas tropas estaban allí, no, como creía, para defender la posición, sino para permanecer ocultas y caer súbitamente sobre el enemigo en un momento dado, cambió sus disposiciones sin advertir al comandante en jefe.
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Sabía que todas sus palabras, hasta sus gestos, de aquel instante, figurarían en la historia. Por tanto, como contraste a aquella grandeza que le permitía hacer representantar a su hijo jugando con el globo del mundo, creyó hallar una feliz inspiración oponiéndole el sencillo sentimiento de la ternura paternal. Sus ojos se velaron, dio un paso hacia adelante, y pareció buscar una silla; ésta le fue prontamente ofrecida, y al instante tomó asiento frente al retrato. Hizo un gesto; de puntillas retiróse todo el mundo, dejando que el gran hombre se entregara a su emoción. Después de unos instantes de examen mudo, se levantó y llamó a Beausset y al ayudante, y ordenó que se colocara el cuadro ante la tienda para no privar a la vieja guardia de la dicha de contemplar al rey de Roma, al hijo y heredero de su adorado soberano.

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