EL IDIOTA (I)

-¿Y vos qué edad tenés? ¿40?

-38.

-El bigote te hace mayor; te lo tendrías que afeitar; estarías mucho más joven.

Ahí estaba yo, sonriendo con mi cara de idiota. Nunca me ha gustado sonreír; siempre he creído que mi rostro adquiría esa imagen. Y es curioso, porque conozco a muchos idiotas; y ninguno tiene una sonrisa como la mía. Claro, que no sabría decir si realmente eran idiotas, o si su grado de estulticia merecía un calificativo mayor; y, en tal caso, el idiota sería yo. ¿Cuál era el límite que separaba un idiota de un imbécil o un estúpido? Lo ignoraba. Sólo sabía que me sentía idiota.

Yo ahí, sentado en el metro al lado de un anciano situado en una esquina. Al sentarme temí haberle golpeado con mi maletín, y me apresuré a disculparme. ¿Qué le voy a hacer? Uno es así. Nace con unos valores, con una educación… El pobre viejo no se lo esperaría; ya no se ve gente educada. Y además era viejo; se sentiría agradecido por encontrar a alguien con educación y que le escuchara. La gente mayor es así; necesita hablar mucho para aprovechar el poco tiempo que les queda; y hay pocas personas dispuestas a escucharles. Por eso basta un único individuo, una única oportunidad, para que se aferren a ella y den rienda suelta a su locuacidad.

Yo trataba de prestarle toda mi atención. Lo miraba fijamente, sin abandonar mi sonrisa de idiota. Veía sus pobladas cejas blancas, sus pequeños ojos nublados, su cabeza despejada, con unos pocos cabellos canos; esa sonrisa que acompañaba sus hueras palabras. Una sonrisa de idiota, como imaginé que sería la mía. ¿Llegaría algún día a cumplir su edad? Me dijo que tenía 78, aunque parecía llevarlos muy bien. Claro, el hombre me hablaba de su buena alimentación, de la genética… Y me había dicho que aparentaba más años de los que tenía. ¡Pinche viejo! ¡Si le hubiera dicho que tenía una sonrisa de idiota como la mía! Pero claro, uno tiene su educación, sus valores; y el pobre viejo no tenía mala intención. Sólo había que ver su sonrisa de idiota.

Pero en el fondo aquella cháchara me incomodaba. Ahí estaba yo, con mi libro de cuentos de Julio Cortázar sobre el regazo, sin poder continuar la historia que tanto me había atrapado; y todo por ser un poco amable con el pinche viejo. Lo cierto era que me había comportado como un idiota. Esperaba que terminara de platicar o que bajara antes que yo; pero no hacía ni lo uno ni lo otro. Miré al bloque de asientos que había enfrente de mí, por si alguno de los ahí sentados era pariente que viajara con él; pero nadie se dio por aludido. Entonces reparé en una muchacha que había de pie junto a la puerta, al lado del pinche viejo. Agarraba la barra de hierro para no caerse en uno de los frenazos o arranques del metro; y, en una de aquellas ojeadas, creí sorprender que me miraba. Pero no; no era posible que me estuviera sonriendo a mí, que tenía esa sonrisa de idiota. Claro, que quizá lo hiciera por simple coquetería, como un mero juego, para no perder la costumbre. ¡Una chamaca de apenas 20 años coqueteando con un viejo de 40! Y lo que más me irritaba era su bella sonrisa. ¡Su atractivo se me hacía incómodo desde el momento en que comprobaba lo bien que le quedaba a ella y lo mal que me quedaba a mí! ¡Y el pinche viejo! ¡No soltaba la plática! Y me forzaba a mantener esa sonrisa de idiota.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

16/02/2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s