EL IDIOTA (II)

-¿Y vos habés comprado boleto? Tenés que comprar boleto, o de lo contrario te puede caer una multa de mil pesos.

¿Y a qué venía esa pregunta ahora? No tenía nada que ver con nuestra plática. De repente el pinche viejo me viene con que si he comprado boleto, que la multa por viajar sin boleto es de mil pesos. Sí, le respondo, claro que sí.
-¡Ah, bueno! Entonces, eso quiere decir que sos buena persona.
-No. El hecho de comprar boleto no quiere decir que sea buena persona; quiere decir sólo que no quiero pagar mil pesos, le respondo manteniendo la misma sonrisa de idiota, que él parecía devolverme con el negativo de mi propia imagen dentro de cuarenta años.

-¡Ah, sí, es verdad!

¿Por qué tuve que decir aquello? En verdad me sentía idiota; por eso lo dije. Era un intento desesperado por demostrarme a mí mismo que no era idiota; y para ello necesitaba hacérselo saber a mi interlocutor. No era que fuera buena persona, aunque le hubiera pedido disculpas y ahora estuviera aguantando su interminable cháchara. Y, en mi ansioso esfuerzo por rehacerme, lo único que hacía era hundirme más y más en mi propia mierda; dar a entender a cuantos me oyeran que todo me importaba un carajo; que lo único que quería era que no me quitaran mi plata. Y la chamaca de la puerta seguía mirándome divertida; cualquiera habría dicho que sabía cómo me sentía y se lo pasaba en grande.

-Yo ya no puedo comer sólidos, pero no me importa; trituro la comida y me preparo un puré; el alimento es el mismo.

¡Nos ha jodido el Ferran Adrià! Ahora el pinche viejo vuelve con sus temas culinarios; divaga de un punto a otro como una polilla. Que sí, señor, que tiene razón, y yo alucinando o alunizando, o ambas cosas, no sé bien. El cuento de Cortázar me esperaba, pero el pinche viejo hablaba y hablaba con su sonrisa de idiota, como si me conociera de toda la vida.

En una de aquellas paradas se bajó la muchacha. Entonces me sentí más solo. Es cierto que la chamaca me ponía nervioso; que me irritaba su sonrisa de anuncio de dentífrico. Pero me aportaba algo; alimentaba mi vanidad. Sé que es absurdo. No tengo la seguridad de que me sonriera a mí; y, en todo caso, se burlaría de mi desgracia. Pero uno necesita hacerse la ilusión de que no está solo; y, si una chamaca joven lo mira, o mira en su dirección, quiere que sea a él, sin importar que ella tenga una sonrisa tan linda y uno una sonrisa de idiota.

En una de aquéllas llegó la mía. Esperé a que se parara el metro y se abrieran las compuertas; siempre lo he hecho así. O las puertas. Deberían ser sinónimos, aunque no estoy seguro. Al fin y al cabo, compuerta es un compuesto; ¿Pero compuesto de qué, de puerta y de qué más?

Bueno, en cualquier caso, no quería levantarme antes de que el tren frenara. ¿Qué iba a hacer? Un placer, caballero; yo bajo en ésta. Entonces me levanto y aguardo unos segundos a que pare para salir. No me gusta estar de pie. Y en esa situación, además, con el pinche viejo ahí sentado, se habría producido un silencio incómodo; o, peor aún, capaz que me habla a gritos y me da una clase de gastronomía frente a todo el vagón, con su sonrisa de idiota.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/02/2020.