LA MUERTE DE DIOS. RETO LITERARIO

*Versión del escrito presentada al reto de Andrea Gastelum/Mar Aranda del grupo Prosa y poesía. Artes literarias sobre tema religioso. Extensión: 100-400 palabras:

– ¿De verdad te atreverás a seguir negando mi existencia?

Friedrich dejó caer el vaso de ginebra antes de voltearse para ver a quién pertenecía esa voz. Ante él halló a un anciano corpulento, con largas barbas y cabello cano, vestido con una túnica alba.

Abandonado por los suyos, aquejado por frecuentes migrañas y una frágil salud que se desmoronaba a marchas forzadas, en los últimos tiempos había decidido aligerar la despedida de un mundo que desde el principio se le había presentado hostil. Un poco de ginebra para acompañar la soledad, sentado frente a la amplia mesa de pino que reposaba en el centro de la cabaña, con los ojos clavados en la chimenea, pensativos y electrizantes, contemplando un fuego que se reflejaba en sus pupilas con la intensidad propia de su carácter, mientras reflexionaba acerca de las ideas que plasmaría en su próximo libro. Era lo único que pedía. Eso; y sus paseos todas las mañanas por Sils María.

Se sintió turbado por la imagen que vio ante sí. El vaso cayó al suelo y quedó hecho añicos, con un estrépito que perturbó aún más la paz del hombre. El vaso roto, los cristales esparcidos por el suelo, el alcohol desperdiciado… Y el silencio quebrantado por la presencia de aquel intruso.

– ¡Tú!

Alcanzó a gritar, indignado.

– ¿Así es cómo me recibes? ¿No te alegras de verme? ¿O es que tú orgullo es tan grande que te enfureces porque preferirías que estuviera muerto para que toda tu teoría fuera cierta?

– ¡Serás miserable – se desató el otro, recobrado de la sorpresa-! ¡Pero quién coño te has creído que eres! ¡Maldito incompetente! ¡Inútil de mierda! ¡Dime para qué carajo sirves!

– Cálmate, hijo- empezó a replicar el intruso-…

– ¡Cállate! ¡Yo no soy tu hijo!

Iba a golpearle, pero se contuvo. No quería entrar en un cuerpo a cuerpo que le cansaría y que, quizá, le pondría en peligro. En su lugar, sacó la pistola, encañonó al anciano y disparó. El proyectil se incrustó en la frente del intruso. Alterado, se acercó a él antes de vaciarle el plomo en el pecho. Tras ello, ya desahogado, cogió otro vaso del armario y continuó apurando la botella de ginebra. Tras él, el cuerpo yacía en el suelo, en medio de un charco de sangre. Acaso hubiera estado equivocado; pero su último acto le había dado la razón.

Orgulloso y feliz tras apurar la ginebra, abrió la puerta de la cabaña y gritó:

– ¡Dios ha muerto!

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

14/04/2020.

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