LA MUERTE DE DIOS

– ¿De verdad te atreverás a seguir negando mi existencia?

Friedrich dejó caer el vaso de ginebra antes de voltearse para ver a quién pertenecía esa voz. Ante él halló a un anciano corpulento, con largas barbas y cabello cano, vestido con una túnica alba. Lo observaba con una mirada afable y condescendiente que, sin embargo, contribuyó a encolerizarlo más.

Abandonado por los suyos, aquejado por frecuentes migrañas y una frágil salud que se desmoronaba a marchas forzadas, en los últimos tiempos había decidido aligerar la despedida de un mundo que desde el principio se le había presentado hostil. Un poco de ginebra para acompañar la soledad, sentado frente a la amplia mesa de pino que reposaba en el centro de la cabaña, con los ojos clavados en la chimenea, pensativos y electrizantes, contemplando un fuego que se reflejaba en sus pupilas con la intensidad propia de su carácter, mientras reflexionaba acerca de las ideas que plasmaría en su próximo libro. Era lo único que pedía. Eso; y sus paseos todas las mañanas por Sils María. Lo único que pedía era que nadie le incomodara.

Se sintió turbado por la imagen que vio ante sí. El vaso cayó al suelo y quedó hecho añicos, con un estrépito que perturbó aún más la paz del hombre. El vaso roto, los cristales esparcidos por el suelo, el alcohol desperdiciado… Y el silencio quebrantado por la presencia de aquel intruso. A nadie habría cerrado la puerta más que a él. Cuando lo vio, sintió un molesto cosquilleo en el bigote. No necesitaba presentación; sabía de quién se trataba.

– ¡Tú!

Alcanzó a gritar, indignado.

– ¿Así es cómo me recibes? ¿No te alegras de verme – respondió el otro, sin abandonar su afabilidad -? ¿O es que tú orgullo es tan grande que te enfureces porque preferirías que estuviera muerto para que toda tu teoría fuera cierta?

– ¡Serás miserable – se desató el otro, recobrado de la sorpresa. Se levantó y se dirigió envalentonado hacia el intruso -! ¡Pero quién coño te has creído que eres! ¡Vienes a mi casa sin que nadie te haya invitado y me insultas! ¡Maldito incompetente! ¡Inútil de mierda! ¡Dime para qué carajo sirves!

– Cálmate, hijo. No te dejes llevar por la ira – empezó a replicar el intruso-…

– ¡Cállate! ¡Yo no soy tu hijo!

Le atajó el primero. Iba a golpearle, pero se contuvo. No quería entrar en un cuerpo a cuerpo que le cansaría y que, quizá, le pondría en peligro. En su lugar, se dio la vuelta y llegó con presteza hasta el baúl que había dejado de una de las ventanas; lo abrió y sacó la pistola que guardaba. Nuevamente incorporado, encañonó al anciano y disparó. El proyectil se incrustó en la frente del intruso, que cayó de espaldas. No obstante, Friedrich, alterado, se acercó a él antes de vaciarle el plomo en el pecho. Tras ello, ya desahogado, cogió otro vaso del armario que había frente a la chimenea y continuó apurando la botella de ginebra, tratando de hilvanar los pensamientos con el punto donde los había dejado aparcados antes de la desagradable visita. Tras él, el cuerpo yacía en el suelo, en medio de un charco de sangre. Un nuevo problema, más difícil de solventar aún por su mala salud: salir al bosque a enterrarlo. En cualquier caso, debía felicitarse. Acaso hubiera estado equivocado; pero su último acto le había dado la razón.

Orgulloso y feliz tras apurar la ginebra, abrió la puerta de la cabaña y gritó:

– ¡Dios ha muerto!

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

14/04/2020.

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