2020: LA DISTOPÍA PERMANENTE

Avanzan los días y el cautiverio se hace cada vez más insoportable. Ya es más de un mes encerrado; más de un mes sin otra posibilidad de salir más que asistir a las compras imprescindibles, siempre en el supermercado más cercano, para al acabar regresar a casa y encerrarme hasta que una nueva urgencia me permita abandonar nuevamente mi domicilio por un breve período. Y siempre, una vez realizadas las compras, no olvidar el comprobante, el salvoconducto imprescindible que puede librarme de una multa; esos pequeños trozos de papel, siempre tan despreciados, y de repente tan necesarios para salvarnos de la condena. El comprobante debe atestiguar que la compra se realizó hoy, y que no fue hace más de x tiempo; de lo contrario, el agente nos exigirá la documentación; y en unas semanas recibiremos la sanción correspondiente.

Es cierto que ya se ve un poco de luz al final del túnel. Descienden los contagios y las muertes, a la par que aumenta el número de altas. Y, como premio a este civismo forzoso, impuesto en forma de coacción, el papá Estado, encarnado en la figura del presi, nos recompensará abriendo la mano paulatinamente. Nos dará permisos; algo así como una libertad condicional, hasta que crea llegado el momento de concedernos el indulto. Si hemos sido buenos chicos y hemos hecho los deberes, mereceremos su excelsa magnanimidad; y entonces, por fin, se abrirán las rejas de nuestra prisión.

Y es que, a todo esto, es muy significativo el lenguaje empleado por el gobierno; un lenguaje grandilocuente, que habla en términos bélicos. A tenor de las palabras empleadas, nos enfrentamos a un poderoso enemigo, al cual, sin embargo, VENCEREMOS.

La primera vez que oí expresiones de este tipo me dieron asco. Como si el bicho fuera un ente malvado y perverso; un ser cuyo único placer fuera provocarnos el mayor daño posible y cuya mayor ambición fuera dominar el mundo. No obstante, luego cambié de opinión; y fue entonces cuando empezó a invadirme por dentro una sonora carcajada por tamaña estupidez y por algo tan ridículo. Era como querer traer al mundo real una de esas burdas películas de ficción; esa violencia barata encarnada por los superhéroes de Marvel. Sólo que ahora los superhéroes éramos nosotros; y, nuestro superpoder, la capacidad de permanecer en casa, encerrados y sumisos. No importaba si nos mataba la falta de melanina o de actividad física; si nuestros nervios se crispaban por la ausencia de libertad; por estar recluidos en un espacio de pocos metros cuadrados. La idea era que fuéramos obedientes. Para ello, una brutal propaganda nos informaba de lo necesario que era mantener nuestro secuestro, algo que se acompañaba de los términos héroe y guerra, entre otros, para que el ciudadano se sintiera importante y acatara las órdenes, hasta el punto de convertirse en policía. Porque, claro, la policía era otro elemento fundamental de este mundo de ficción; de esta terrible distopía: coches patrullando las calles con sus luces azules; helicópteros batiendo amenazadores sus hélices y surcando los cielos, al tiempo que por megafonía se nos ordenaba permanecer cautivos y los más mierda centraban la atención en el bicho.

Otro dato curioso es cómo ha descendido la contaminación durante estos días en las grandes ciudades, debido a la parálisis del tráfico. Parece que por unos días se puede respirar aire puro; o algo que se le parezca. Sin embargo, esto pasará, porque es necesario que se reactive la economía. No importa que nos mate la contaminación; lo único importante es que no lo haga un bicho. Pero la economía debe continuar a cualquier precio, incluso al de nuestras vidas. Al fin y al cabo, nosotros no somos más que materia desechable; mano de obra y de consumo continuamente reemplazable. Y todo esto, a fin de cuentas, nos demuestra que todo es una jodida hipocresía; que nuestra salud no importa una puta mierda.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

21/04/2020.

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