UNA MENTE SOBERBIA

Con su pluma hábil, certera, decidida, el hombre plasma la historia. Tiene el ceño fruncido, concentrado; se reclina sobre el papel y arruga la frente, donde se acumulan gruesas gotas de sudor, en parte debidas al esfuerzo al que somete a su cerebro, buscando siempre la información exacta, las palabras precisas. Esas palabras sublimes que crean algo especial, algo grande; un pensamiento de una belleza sin parangón. Sólo alguien como él puede reunir la magia de la literatura y los hechos más relevantes acaecidos en su tierra en los últimos cuatrocientos años y conformar un relato tan hermoso. Él lo sabe. En su inmensa soberbia lo sabe; porque sabe que la genialidad es uno de sus rasgos.

La temperatura no acompaña. Es el problema de vivir en un país tropical; los días suelen ser tórridos. De poco sirve el ventilador de techo, con sus aspas girando continuamente sobre su cabeza. Nunca se decidió por el aire acondicionado; lo veía como un peligro, además del gasto abultado que suponía. Aunque esto último, en realidad, no le representaba un problema. Su genialidad ya le había reportado pingües beneficios.

Y, para acabar de cargar el ambiente, el cigarrillo que sostenía en la zurda, que se llevaba a los labios en los momentos en que dudaba y se sumía en una profunda reflexión. Entonaba los ojos en el momento de dar la calada; soltaba el humo y éste ascendía y se quedaba flotando en el despacho. En el cenicero yacían ya varias colillas, agotadas. Iba por la tercera, a medio consumir. Parecía abandonada entre sus dedos, olvidada por unos ojos que se clavaban en la cuartilla que tenían al frente y acaso le preguntaran cuál era la historia que aún permanecía opaca e invisible en ella, esperando que el genio la hiciera nacer.

Observaba el papel con redoblada atención a través de sus lentes, releía los últimos párrafos, acaso páginas anteriores; carraspeaba un poco; y entonces se acordaba del pitillo y volvía a torturar a sus pulmones con otra dosis de nicotina.

Muchos conocían la historia de su país a través de sus libros. Era el mejor medio de embarcarse en el México prehispánico, en el de la colonia y en el gran país que había surgido tras la independencia. ¡Tenía tantos misterios! ¡Tanto interés! ¡Tanta historia! Lástima que los gringos siempre frenaran sus avances y estuvieran prestos a arrollarlo, como la garra de puma de que hablaba en Cambio de piel, una de sus novelas. Ahí se refería a Turquía, y parte de la acción transcurría en la isla griega de Delos. Pero, en cualquier caso, el símil era perfectamente aplicable al imperio yanki. Ya no eran los turcos devorando una pequeña isla; ahora eran los hijos del tío Sam los que pretendían exterminar a la serpiente emplumada de Quetzalcóatl.

Había narrado con singular maestría el turbulento siglo XIX y la Revolución. Ahí estaba La muerte de Artemio Cruz, ese rico hacendado que durante muchos años trató de burlar a las parcas. Ahí estaba La silla del águila, que escondía toda la red de conspiraciones para ascender dentro del propio PRI y obtener la codiciada presidencia de la República.

Carlos Fuentes, ya anciano, conservaba, a pesar de su edad, un sólido vigor intelectual. Y ahí, frente al escritorio, con la mirada concentrada, sabiéndose una leyenda inmortal, más allá de que en breve tiempo pereciera, volvía a apartar el cigarrillo y llevaba la pluma al papel para verter la tinta. Ahí, con mano sagaz, con su pluma hábil, certera, decidida, el hombre plasma sus sagradas historias.

Autor: Javier García Sánchez,

Un loco greñudo,

Desde las tinieblas de mi cautiverio.

25/04/2020.

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