VOLVER A NACER. VOLVER A MORIR.

Volver a nacer. Volver a morir. Con el efímero y sublime placer de un orgasmo. Ése era el momento mágico que tantas veces compartían; que tantas veces los unía. Sentir el silencio de sus palabras, sustituidas por el lenguaje propio de los cuerpos; por esos besos en el cuello, en la boca, en los senos; por esas suaves caricias en la piel amada, y sentir cómo se estremece de gozo; recorrer con la lengua cada rincón, cada poro; saborear y devorar cada pedazo del otro y escuchar sus gemidos; ese deseo manifiesto de que no cese el recorrido. Un placer evocador de la vida, de la naturaleza divina que en cada uno de nosotros anida; ese poder de unirnos, de compartirnos, de extasiarnos, en esa danza de los miembros que conocen su idioma propio.

Y es que ella le ofrece su ser, deseando ser poseída, arrebatada; se ofrece en sacrificio en honor de sí misma, diosa y sacerdotisa máxima de su propia religión. Se presenta desnuda, inerme, tendida, sumisa, con las piernas abiertas, aguardando el merecido castigo, el tributo que su fiel servidor y a un tiempo su verdugo debe consagrarle. Es un sinuoso valle, con sugerentes colinas y bellas redondeces, que él se aventura a explorar una vez más, como si fuera la primera, a pesar de que ya ha navegado infinitas veces por esas deliciosas dunas, siempre con la curiosidad y la excrupulosidad del fiel neófito, del aprendiz recién llegado; aunque con la experiencia del veterano.

Con los ojos vendados asiste expectante a la ceremonia. Pronto siente los primeros espasmos, los primeros gemidos. Se debate en esa frontera entre el placer y el dolor, mas sabe que no debe liberarse; que quiere sentir el contacto con ese hombre que la recorre; que debe callar hasta que sus labios griten exhaustos.

Y él succionará cada recodo, beberá de su ávida boca, mordisqueará traviesamemte sus pezones, sin tener piedad por la vibración de ella; antes bien, con mayor ímpetu acometerá ese cuerpo; lamerá su ombligo; se saciará en su sagrada cueva, donde se demorará unos instantes, antes de penetrar en el santuario de su diosa. Lo embestirá con calma, con ternura, gozando de cada segundo; pero también con ferocidad insaciable. Es el momento decisivo, cuando se aproxima la ofrenda; cuando él, dentro de ella; cuando ella, que recibe apasionadamente el cuerpo de él, entonan al unísono esa devota oración, con los cuerpos sudorosos. Una oración sin palabras, con el lenguaje criptado propio de las bestias; el lenguaje criptado que sólo los siervos de esta logia conocen. La pronuncian con los ojos en blanco, desorbitados; con una mirada que se pierde en el vacío en el preciso instante en que él se vacía en ella; en que ella, agotada, exhala el codiciado grito. Como el volcán que estalla, como la lava que se esparce y abrasa hasta que se apaga en las aguas purificadoras del mar.

Ese orgasmo es el tributo que él le ofrece a ella; es el tributo que ella le ofrece a él. Es el sacrificio requerido, el ritual dionisíaco que deben seguir con puntual regularidad, para adorarse a sí mismos. Porque eso es cada nueva unión, cada nuevo orgasmo: buscarse, devorarse, incendiarse, apagarse… Un volver a nacer, un volver a morir.

Autor: Javier García Sánchez,

Un loco greñudo,

Desde las tinieblas de mi cautiverio.

27/04/2020.

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