ACOSO (RETO LITERARIO)

*Versión presentada a reto del grupo Prosa y poesía. Artes literarias, de Andrea Gastelum/Mar Aranda. Temática: acoso. Extensión: 100-500 palabras.

– ¿Por qué lo hizo?

– Esos tipos me arruinaron la vida. Durante casi veinte años, desde los 10 hasta los 18, sufrí acoso.

– Dice que sucedió entre los 10 y los 18. ¿Qué edad tiene ahora?

– 40.

– Han pasado más de veinte desde aquello. ¿De verdad cree que valió la pena lo que hizo? ¿De verdad puede justificarlo?

– Usted nunca ha sufrido acoso, ¿Verdad? Si hubiera vivido lo que yo viví, ahora no me haría esa pregunta; estaría tan traumada como yo; habría alimentado incesantemente las ansias de desquite, hasta que éstas hubieran sido tales que habría tenido que elegir entre quitarse la vida o acabar con las de esos miserables.

De niño yo era muy enclenque. Mis compañeros se aprovecharon de mi debilidad. Ya sabe lo crueles que pueden llegar a ser los niños. Un crío enfermizo, solitario y tímido es presa fácil. Pronto empiezan las burlas, las risitas de desprecio, los chistes por el físico, la ropa, los motes… Yo intentaba quedarme aislado en una esquina en el patio, pero no sirvió de nada. Los veía en el otro extremo; veía cómo me miraban con sonrisas maliciosas. Un día, uno te tira un trozo de tiza o una pelota de plata; o te empujan en el patio o te ponen la zancadilla y se ríen cuando te caes y te haces sangre porque no tienes los suficientes reflejos como para poner las manos y amortiguar el golpe.

– ¿Y no pidió ayuda? ¿A sus padres, a los maestros?

– Sí; lo hice. Y aquello empeoró las cosas. Los maestros pronto se cansaron de protegerme; estaban demasiado ocupados con sus charlas. Y ya sabe cómo son los críos; hay entre éstos una especie de código de honor. El que busca ayuda de los mayores es un chivato; un cobarde. No importaba si ellos eran diez y yo uno; si ellos eran altos y yo bajo; si ellos eran fuertes y yo débil. Cuando supieron que me había ido de la lengua se ensañaron. Mi hermano me acompañaba al colegio y me recogía; era mi única seguridad. Si alguna tarde debía salir de casa por el motivo que fuera, lo hacía con miedo; mirada con temor a todas partes y regresaba lo antes posible para acostarme en mi cama y romper a llorar. Aquello no fue infancia. Lo que yo viví fue un auténtico infierno.

Ahora ya sabe por qué lo hice.

La periodista, sentada frente al recluso, con una grabadora sobre la mesa y un policía a sus espaldas, escuchaba atómica las palabras del hombre. Revivía las torturas que había experimentado el prisionero y casi podía sentir su dolor.

Autor: Javier García Sánchez,

Un loco bohemio.

Desde las tinieblas de mi soledad.

07/06/2020.

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