EL ABSURDO (I)

– Lo siento mucho. No podemos hacer nada.

– Está bien; no se preocupe.

– Hubo metástasis; el tumor se extendió muy rápidamente.

– Tranquila; no importa. Prefiero no conocer los detalles.

– Está bien; como usted prefiera. ¿Tiene a alguien que le cuide? ¿Alguien con quien pasar estos últimos momentos?

– Ya le dije que no se preocupe. Estas cosas pasan. No hay que sacar las cosas de quicio.

– Disculpe, caballero, pero su actitud me desconcierta, la verdad; nunca había visto nada semejante. Le acabo de informar de que le quedan sólo unos días de vida y reacciona con la misma indiferencia que si le hubiera dicho que se esperan heladas para la semana entrante.

– ¿Y qué quería? ¿Verme llorar? ¿Patalear? ¿Decir que es una injusticia morir a mi edad?

– Bueno… Otros en su situación habrían actuado así.

– Y eso le habría dado la oportunidad de ofrecerme palabras de consuelo; darme un abrazo, quizá. Y de esa manera habría cultivado su vanidad y se habría sentido mejor persona.

– Está pasándolo mal. Lo entiendo.

– ¿Qué es lo que entiende? ¿Le digo verdades que le desagradan y me dice que son una respuesta a mi frustración?

– Señor, yo sólo quería ayudarle.

– Es posible; pero en el fondo subyace una necesidad de sentirse útil frente a los demás. Tratamos de convencernos de que somos alguien, de que nuestra vida tiene sentido. Porque lo que en verdad sucede es que estamos aterrados. Nos aterra la idea de morir, de dejar de existir; que todo cuanto hayamos vivido se esfume en un instante. Y nuestro subconsciente trata de engañarnos para escapar al sufrimiento que nos provoca ese absurdo.

– ¿A qué se refiere?

-¿De verdad necesita que se lo diga? Al absurdo de la vida.

Durante años he oído la estúpida frase La naturaleza es sabia. Si hubiera tenido más sentido del humor, me habría reído. Se trata de otro absurdo dentro del primero: Querer atribuir a un ente abstracto una cualidad propia de un ente animado; ése es el segundo. El primero es afirmar que tiene sentido algo finito; algo que tarde o temprano termina y no deja rastro. Es el colmo del absurdo. No puedo entender que la gente vea inteligencia en eso. Claro, que la gente es estúpida.

– Usted no tiene demasiados amigos, por lo que veo.

– Tampoco me ha importado. Prefiero la soledad o el contacto con unas pocas personas que sepan mirar de frente a la realidad sin necesidad de enmascararla.

– Quizá al enmascararla la gente pueda afrontarla.

– Sin el quizá, señorita. Ésa es la razón. Pero eso es porque la gente es débil; porque no tienen el valor de afrontar su destino; no quieren aceptar que nada tiene sentido. En su mente se montan una farsa; a menudo tienen hijos y hacen de la educación y crianza de éstos su mayor aspiración; los exhiben como trofeos y esperan que sean la versión mejorada de lo que ellos no pudieron ser; y – otro absurdo- esperan ser alabados por ellos, para que su ego permanezca sano; y, ya en la vejez, que los cuiden. Y así afrontan la muerte casi sin enterarse; porque se ven a sí mismos en sus hijos.

– Luego, ¿Usted cree que tener hijos es un acto de vanidad?

– Y sumamente egoísta. El niño no pide nacer. Nace por expreso capricho de los padres; y éstos, de cara a la galería, esgrimen cuánto se sacrifican por su descendencia. Pero, ¿De verdad se creen sus palabras?

– Muchos padres realizan grandes esfuerzos por sacar adelante a sus hijos.

– Porque quieren. Cuando hicieron el encargo, eso ya venía en el paquete; y ellos lo sabían. Aceptaron porque, además de que manda el instinto de conservación de la especie, así pueden mostrarse ante los demás con una cara amable y abnegada; así pueden aumentar su vanidad. Y, además, tienen las mentes ocupadas y no piensan en la fugacidad de su miserable existencia, que, para ellos, adquiere un sentido.

Autor: Javier García Sánchez,

Un loco bohemio,

Desde las tinieblas de mi soledad.

18/06/2020.

2 comentarios en “EL ABSURDO (I)

  1. Yo diría que ese hombre ya era un amargado antes de estar enfermo, en el fondo no le importa morir porque en realidad ha muerto hace ya mucho tiempo.
    Y tiene una visión anticuada de los hijos, de aquellos años de otros siglos en que se tenía muchos, uno o dos iban al convento, tres o cuatro les casaban y dejaban a un par de hijas para que les cuidaran en la vejez… Ahora tienes que cuidar y ayudar a los hijos hasta que no eres válida y luego, te mueres o te vas a una residencia, esa es la realidad.
    Un abrazo.

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    1. Sé que la cuestión da pie a polémica; y eso era lo que buscaba: impactar y provocar debate; porque siempre se nos vende la idea de la vida como algo bello y sagrado. Cuando no es para nada la única lectura posible.
      Muchas gracias, Estrella. Un beso.

      Le gusta a 1 persona

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