EL MUNDO SOÑADO

Hacía tiempo que no caminaba solo en medio de la noche. Demasiado tiempo. Había olvidado el placer de la soledad, del silencio, de la oscuridad; de esa oscuridad sobrecogedora que alimentaba sus pensamientos y le ayudaba a sentirse integrado por el todo, lejos de ese ruido, de esos gritos procedentes de una alegría alimentada por la embriaguez y la ignorancia.

Quizá por ello, por el tiempo que llevaba sin gozar de esa plenitud, esta vez tampoco supo disfrutar el momento. Un viento más cálido de lo deseable, un imprevisto de última hora… Las condiciones no eran las óptimas. Tampoco lo era el hecho de tener que pasear con ese incómodo apéndice de su rostro. ¿Cuántos días más tendría que usarlo? Se le antojaba opresivo, denigrante y molesto. Por más que a esas horas las calles estuvieran desiertas, sin ninguna patrulla que le vigilara, sentía que existía un mínimo riesgo. Era la fuerza de la extorsión; el miedo, cada vez más extendido para dominar a la gente. Y esa situación, como un veneno letal, lo estaba matando.

Aquél no era su siglo; siempre lo había dicho. Y aquella noche, en medio de aquel aire cálido, bajo ese cielo despejado y tenebroso, lo recordó. Como recordó el paisaje que había visto en aquella película; un paisaje nublado, gris; la espesa niebla envolviendo la ciudad de Londres. Era fantasía; pero una fantasía que cautivaba su mente infantil. Hubiera deseado vivir aquello; vivir en ese paisaje londinense, con ese clima frío y húmedo, en pleno siglo XIX, con todo el romanticismo que ello conllevaba. Había visto esas carreteras sin asfaltar, por donde transitaban apenas unos pocos coches, todos ellos a una velocidad moderada, y algunos tirados todavía por caballos; esas aceras adoquinadas, alumbradas al caer la noche por farolas con luz de gas; esa música celta, con instrumentos de cuerda y viento; esa vida relajada, con charlas livianas en los cafés, al amparo de una botella de tinto…

Sentía que ahora la vida era mucho más vertiginosa; que ya no había lugar para esa vida bohemia y reflexiva que tanto anhelaba; que ahora todo cambiaba demasiado rápido; que la tecnología lo estaba destruyendo todo. La vida de todos los ciudadanos del mundo estaba controlada a través de satélites; la gente vivía conectada a ordenadores, incapaz de comunicarse, de sentir o de pensar, fáciles víctimas del sistema, meros peones, prescindibles y sustituibles; que el trabajo había alienado y despersonalizado a los ciudadanos. ¿Dónde estaba ese mundo rural, en que las familias podían disponer de sus animales y ser felices con poco? Comparaba aquella situación idílica, vista desde la distancia como una especie de edad de oro, con el mundo en que le había tocado vivir, a merced de los poderosos, y se sentía realmente prisionero, sin escapatoria, como un juguete de los gobiernos.

Quizá debiera buscar más a menudo la soledad nocturna. Era el único medio de sentirse en ese mundo soñado, en ese paraíso perdido. Abstraerse en medio del silencio y de la tinta que fluía por tantas historias, bien propias, bien leídas. Tenía que volver a encontrarse entre la dulce brisa, entre esos apacibles sonidos nocturnos, como escapatoria a la cruda realidad, al tedioso bullicio diurno.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

29/06/2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s