ACOSO (II)

– En cualquier caso, aquello ocurrió cuando iba al colegio; y usted ha declarado que los abusos se prolongaron durante casi veinte años.

– Así es.

A muchos de aquellos chicos volví a verlos en el instituto, aunque no coincidiéramos en el aula. Es impresionante. El instituto era como un pueblo; al menos en mi caso. La fama se extendió como la pólvora. A día de hoy aún no logro entender cómo sucedió. Entonces se reprodujeron los abusos que había sufrido en el colegio a una escala todavía mayor. Me sentía tan angustiado, que les insistía a mis padres para que me cambiaran de instituto, pero ellos se negaban; me decían que debía ser fuerte y demostrarles a mis compañeros que no podrían conmigo. Siempre el mismo discurso, por más que llegara a casa llorando y les dijera que quería dejarme los estudios. Mi madre era profesora en mi instituto. Si yo continuaba ahí, podría controlarme; y, por otra parte, tendría influencias sobre sus compañeros para que me pusieran mejores calificaciones.

– ¿Y qué opina sobre esa actitud? ¿Les reprocha a sus padres lo que hicieron?

– No sabría decirle. En parte sí. Fue como una prueba de desconfianza; como decirme que me veían incapaz de salir adelante si no era con su ayuda. Lo pienso así y me siento despreciado. Es humillante. En su momento, además, cuando me veían llegar llorando y angustiado, no parecía afectarles. Pero imagino que tampoco sería fácil para ellos; que se sentirían impotentes; que querrían que continuara por mi bien en ese centro. En cuanto a que me menospreciaran, creo que es lo que más me duele; pero nada puede hacerse al respecto.

– ¿Cómo se solucionó aquello?

– Al final me permitieron cambiarme. Me vieron tan desesperado, con tantas ganas de dejarme los estudios, que tuvieron que ceder. De no haberlo hecho, quizá me hubiera suicidado. Eso sí: me dijeron que debía ser yo quien hiciera todos los trámites de cambio de expediente; que debía ser yo quien me moviera de un instinto a otro. Era una especie de prueba. Creo que en el fondo pensaban que me echaría atrás; que me daría tanta pereza hacer el traspaso, que aceptaría continuar donde estaba. Pero esta vez se equivocaron. Estaba tan seguro de lo que quería, tan ansioso por marcharme de ese manicomio, que no vacilé ni un segundo.

– ¿Cómo le fue la nueva experiencia?

– En el aspecto social tuve una notable mejoría.

Después de tantos años sufriendo abusos, no podía enfrentarme a la gente con indiferencia; ya tenía una profunda herida psicológica. Sin embargo, ya no sufrí maltrato. Cuando llegué al nuevo centro cambié mi actitud; traté de mostrarme más abierto, más extrovertido; más rebelde, incluso. Cuando estaba en clase, a menudo ignoraba a los profesores y me ponía a hablar con la compañera.

– Sacó su lado salvaje.

– Sí; puede decirse así.

– Pero ha dicho que modificó su actitud. ¿Hubo ahí autocrítica?

– Quizá. Por influencia de mis padres es posible que yo fuera demasiado desafiante, demasiado soberbio. Me decían que debía plantearles cara; y yo lo hacía. Pero, por otra parte, lo que yo quería era ser aceptado. Y es curioso, porque entonces volví a convertirme en un fenómeno. El nombre del nuevo chico que había llegado para cursar el último año en ese instituto se extendió rápidamente. Era la imagen de un gamberro. Quizá descerebrado, pero jovial. Al menos así me sentía a salvo de los abusos.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

01/07/2020.

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