ACOSO (III)

– ¿Se sintió popular?

– Sí; creo que ése es el término.

– ¿Y en el aspecto académico?

– Ahí fue donde tropecé; y esa caída también me dolió, porque suponía la confirmación de las sospechas de mis padres de que sin ellos no iba a ninguna parte.

Como le he comentado, para entonces yo ya estaba tocado psicológicamente, con un profundo trauma emocional. Necesitaba lavar mi imagen. Por eso me comportaba como un rebelde; me escapaba de clase y me burlaba de los profesores. En casa me pasaba el tiempo estudiando, ya que no tenía vida social. Estaba convencido de que eso compensaría mi rebeldía; sacaría buenos resultados y nadie podría reprocharme nada. Es más: mi prestigio crecería como la espuma.

– Pero no fue así.

– No.

La lesión cerebral por el tumor que tuve de niño hizo estragos en mí, como lo ha hecho siempre. Mis resultados fueron mediocres; todo hacía pensar que repetiría curso.

– ¿Le afectó?

– Ya se lo puede imaginar. No tanto como los malos tratos; o tal vez sí, aunque a otro nivel. Esta vez no eran chicos de mi edad que me pegaban; pero eran las consecuencias por aquel tumor. Me sentía un fracasado ante mis padres; nunca conseguiría nada por mí mismo.

Sabe, después del primer trimestre, en vista de mis nefastas calificaciones y de mi actitud, mi tutora quiso hablar con mi padre. Cuando aquello ocurrió, mi padre regresó a casa como si nada hubiera pasado; como si mi rendimiento hubiera sido ejemplar. Ninguna riña; ningún discurso. En cambio, al día siguiente mis profesores estaban más comprensivos conmigo. Era obvio que mi padre le había hablado a la tutora acerca de mi tumor y de mis problemas.

– ¿Cómo le afectó aquello?

– En su momento no caí en la magnitud de lo sucedido. Tardé unos años en darme cuenta de que aquello era una prueba más de mi fracaso en la vida. Entonces sólo me limité a mantener mi actitud de los primeros tres meses; a ser el payaso del instituto, aunque el curso se estuviera derrumbando. No quería repetirlo; pero, si no tenía más remedio, lo haría. Todo menos volver a pasar por los abusos de todos aquellos años.

– Pero no repitió.

– No.

Pasé un verano horrible; el peor de mi vida.

Para mí los veranos nunca han sido normales, como tampoco lo ha sido ningún aspecto de mi vida; siempre he tenido que preparar asignaturas que había suspendido durante el año. Pero lo de aquel verano fue infernal. Todo el día estudiando como un condenado, sin más descanso que las comidas y las horas de sueño; y, quizá, alguna película.

En septiembre aprobé las nueve asignaturas que llevaba suspendidas; tres cuartas partes del total. Y, pocas semanas después, el selectivo. Aquello fue agotador; sin tiempo de descansar.

– Pero lo consiguió.

– Sí; lo conseguí.

Mis profesores estaban orgullosos; una de ellas, con la que tuve un agrio percance en la última evaluación, me dio un abrazo, incluso.

– Aquello le animó, imagino.

– No se lo voy a negar.

Después de más de dos meses estudiando como si me fuera la vida en ello, con la ayuda y el ánimo de mi padre y de mi hermano, sobre todo, me sentía un héroe; había logrado algo grandioso. Pero hoy no lo veo así. Hoy lo veo con la perspectiva del tiempo; y esa perspectiva me permite ver que lo que hice fue con la ayuda de mi padre y de mi hermano; y que durante el curso fui incapaz. Mis compañeros, además, me veían como un mono de feria. Nada de lo que hice fue grandioso. Yo ya estaba muerto.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

02/07/2020.

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