EL SUEÑO ETERNO

El romanticismo francés del XIX: Víctor Hugo. La temática del trabajo de fin de carrera le venía como anillo al dedo. Su temperamento soñador y nostálgico se apasionaba con las lecturas del maestro parisiense; en especial con Los miserables. ¡Cuántas veces había recorrido las viejas calles de la capital, tratando de ubicar los lugares donde tenía lugar la trama. Llegaba a verse a sí misma encarnando el papel de Cossette. Por suerte, no había tenido una infancia tan desdichada como aquélla; pero ese mundo tan bello, tan plagado de grandes ideales, había tenido lugar ahí mismo, en la ciudad que la vio nacer; en la Ciudad de la luz, por donde había paseado de niña con su padre, el primero en hablarle de la gran novela.

Ahora, pasados más de diez años de aquella primera vez, cuando se sentaba en un banco a descansar, aún lo hacía con un ligero hormigueo; con la duda de si algún amante la hubiera seguido furtivamente y de repente le deslizara una carta donde le declarara sus sentimientos; un corazón debajo de una piedra. Sabía que era una tontería; que eso no iba a ocurrir. Pero no importaba. Era una romántica; era Cossette. Y quería soñar.

Mas quizá soñó demasiado.

Aquel proyecto, empezado con tanta pasión, la desbordó antes de que se diera cuenta. Enamorada de aquella historia, completamente entregada al París del XIX, vivía su propia fantasía sin percatarse del paso del tiempo. Aquel lunes salió de su nube; despertó alarmada en cuanto consultó la agenda. El plazo de entrega del trabajo expiraba el miércoles a las 12:00; tenía menos de dos días. Jean Claude, el profesor, era muy competente; pero también muy severo y estricto.

Aquellas dos noches apenas durmió. Aparcó sus sueños durante unos días, en todos los sentidos. Tenía que consultar apuntes y trabajar a contrarreloj. Ya tendría tiempo de dormir. Era absurdo demorar el título hasta el final del verano; eso no iba con ella, con su carácter luchador y temerario, de alguna manera reflejo de su ideal romántico.

El miércoles salió de casa a las 11:00. Estaba tan nerviosa, que había olvidado coger el pasamontañas, de uso obligatorio desde hacía dos meses. Por suerte, a esas alturas del año, las autoridades eran más flexibles; hacía demasiado calor para salir a la calle con pasamontañas, por más que el gobierno instara a los ciudadanos a la responsabilidad; y las calles estaban atestadas de gente.

Quizá lo más rápido habría sido coger el metro, pero entonces necesitaba quemar nervios, aunque tuviera que atravesar la ciudad en bicicleta. El ejercicio y el aire fresco, junto al tórrido sol del mes de junio, le ayudaría a producir endorfinas y a liberar tensión. Era hermoso contemplar los Campos Elíseos, aunque fuera de pasada, y la Torre Eiffel, a lo lejos; si bien ésta perdía belleza con respecto a la enigmática luz que la iluminaba de noche. Entonces, bajo un cielo opaco, la gozaba inefablemente.

Llegó a la facultad a las 11:59. No esperó a la llegada del ascensor; tardaría demasiado. Además: había mucha gente esperando. En su lugar, subió las escaleras a la carrera. Tan sólo tenía unos segundos para salvar la distancia que mediaba entre la planta baja y el despacho del profesor.

Iba a llamar a la puerta cuando ésta se abrió; pasaban unos segundos de las 12:00. Sudorosa, con su rizada melena alborotada, buscó el rostro del profesor con espanto; éste, por su parte, la observó con una mirada cargada de desprecio y de odio.

– ¡Debería haber sido puntual! ¡¿Y a qué viene presentarse en mi despacho sin pasamontañas!? ¡¿Acaso no sabe que estamos en estado de guerra!?

Iba a esbozar una tímida excusa, pero no tuvo tiempo. Jean Claude la introdujo con violencia en su despacho y la estranguló.

Su infancia no había sido tan traumática como la de Cossette. Su muerte, mucho peor.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

13/07/2020.

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