UN SUEÑO PROFUNDO

Sé que ese sueño tiene una interpretación; y casi puedo aventurarme a tratar de dilucidarla. Pero el temor a una respuesta que creo conocer me incita a abrazar el silencio, como única esperanza – débil e irrisoria- de que mi hipótesis fuera errada; aunque el mero hecho de no formularla no sea óbice para que sea real. Mas siempre me quedará el triste consuelo de la ignorancia.

Y es que en mi sueño – surrealista donde los haya- me encontraba en una librería a la que llevo días queriendo ir; y estaba sentado en el suelo, en el punto exacto a donde quiero acceder; la sección de ofertas. Aún más: tenía entre las manos el libro que ansío conseguir desde el día en que casualmente lo vi, en navidades del año pasado. No recuerdo por qué entonces lo dejé escapar.

Hasta aquí todo muy sencillo; es de una interpretación transparente. Pero ahora es cuando se empieza a complicar la cosa:

He dicho que estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, para ser más exactos; pero la única prenda de ropa que llevaba puesta eran unos calzoncillos – los mismos que llevaba en el momento del sueño y los mismos que llevo ahora, cuando lo relato-. Mas por poco tiempo. No sé en qué instante me percaté de estar completamente desnudo; y ahí la sensación de incomodidad y de vergüenza comenzó a abrumarme.

Dejé aparcado el libro que estaba ojeando –El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, por cierto- y cogí el móvil para telefonear a mi novia y contarle el hecho tan insólito que había acabado de sucederme; pero entonces no vi en su rostro expresión de sorpresa o de desconcierto por verme tirado en el suelo de una librería completamente desnudo. Antes bien, me miró con esa hermosa sonrisa que tanto la caracteriza y me mostró los gayumbos que apenas unos minutos antes habían lucido mis piernas; y, por si fuera poco, me los exhibía y mostraba con orgullo dos agujeros en forma de corazón que había hecho; uno delante y otro detrás. Gran obra maestra y romántica que expondría mi sexualidad generosamente a todo el que quisiera contemplarla. Cómo habían llegado mis calzoncillos a sus manos, es algo tan absurdo como cuanto hasta el momento he relatado.

No sé cuándo finalizó la plática, siempre con su hermosa sonrisa, cargada de picardía y lujuria. Y yo, ahí sentado en el suelo, desnudo e inmóvil, observaba atónito cómo la gente pasaba a mi alrededor sin reparar en aquella novedad; en aquella anomalía. Es decir: nadie reparaba en ello, salvo un chico, que se me acercó y me ofreció para taparme las partes íntimas un tanga de leopardo; y, tras ello, me decía que me esperaba en el cuarto de baño.

Saltaba a la vista que lo del tanga de leopardo era un fetiche de aquel tipo, que me sonrió de una manera cómplice, aguardando que aceptara su invitación. Este hecho, junto a la visita a la librería, es lo único obvio. Sobre todo lo demás se cierne un profundo misterio: mi desnudez, la felicidad de mi novia, la ignorancia autómata de la gente…

A pesar de todo, no desperté tan angustiado como otras veces. Seguramente aludía a miedos e inseguridades; pero debe de haber más. El lenguaje criptado de los sueños siempre ha sido muy difícil de desentrañar.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

24/07/2020.

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