ACOSO (V)

– Aquel año reflexioné mucho sobre todo lo que había sido mi vida; sobre lo mal que siempre me había ido y cómo mis sueños se habían ido rompiendo uno tras otro. ¿Sabe lo desesperante y frustrante que es darse cuenta de que nada tiene sentido? No; claro que no. Disculpe. Hace falta haber tenido una existencia muy torcida para comprender eso; para comprender que ya no nos queda otra cosa que esperar la muerte. Hay gente que ha llegado a la misma conclusión que yo, pero por otras vías; gente que no ha sufrido malos tratos, pero que por cualquier circunstancia acaba cayendo en una profunda depresión. A veces es gente optimista que de repente se adentra en ciertas lecturas; en lecturas nocivas – digámoslo así- para personas que en el fondo son psicológicamente débiles; como, por ejemplo, Ciorán. Hay que ser duro para leer a Ciorán sin que te afecte. Pues bien: sé de un tipo, amigo de un amigo, que tiene una depresión de caballo; ha intentado suicidarse en varias ocasiones y ha estado internado en la unidad de psiquiatría. No tiene los mismos traumas que yo; no ha intentado matar a nadie más que a sí mismo. Y ya ve cómo ha terminado.

– ¿Se da cuenta de que acaba de decir que tiene un amigo?

– Sí.

– ¿Y aún así se siente desgraciado?

– Disculpe, señorita, pero creo que usted no se hace cargo del peso que tienen las experiencias sufridas en la infancia. Pero no la culpo. Yo tampoco entiendo cómo el amigo de mi amigo cayó en aquella depresión cuando ya había superado la adolescencia, la época más crítica, junto a la infancia; y era una persona alegre. Eso es una prueba más de lo complicados que somos los seres humanos. Por más que los médicos y los psicólogos usen métodos generales, cada persona es un mundo; y un mundo muy complejo, por cierto.

Yo, por ejemplo, si me permite este ejercicio de vanidad y de soberbia, creo que tengo una cultura superior a la de otras personas; muy superior, desde luego, a la de esos descerebrados que se pasan el día bebiendo alcohol y haciendo ruido con la moto; y que no han leído un libro en toda su vida. Apuesto a que ni han oído hablar de Dostoievsky; y él ya esbozó la posibilidad de eliminar a los parásitos sociales. Los antiguos griegos, como Platón y Aristóteles, también postularon que esos zánganos ignorantes no tenían ni derecho de ciudadanía.

¡¿Pero puede decirme qué sentido tiene que esa gentuza, sin cultura ni inquietudes políticas, tenga derecho al voto!? ¡¿Que su voto valga tanto como el de usted o el mío!?

Entusiasmado y excitado por su propia arenga, el recluso había alzado la voz. El guarda se movió, pero la periodista le pidió con una seña que le dejara continuar.

Yo he matado, señorita; he matado a diez personas. Por eso estoy aquí. Se me considera un peligro para la sociedad; y, en lugar de tratar de reinsertarme o eliminarme, me tienen aquí recluido. Las costumbres de los últimos tiempos han llevado a abolir la pena de muerte, no tanto por inseguridades del proceso, como por una soberana hipocresía que ahora lleva a los gobiernos a decir que respetan la vida de la gente, al tiempo que negocian con países donde no se respetan los derechos humanos y bombardean otros Estados; o al tiempo que dejan a cientos de ciudadanos en la calle y les roban las casas… En cuanto a reinsertarme… Yo diría que lo he conseguido desde el momento en que he matado a esos desgraciados. Pero claro: eso es mi palabra. Es lógico que no me crean.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

01/08/2020.

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