APLACA TU CÓLERA, AQUILES

Escrito presentado a reto del grupo Lluvia de ideas. Prosa y poesía, de Mar Aranda/Andrea Gastelum.

05/08/2020.

Aplaca tu cólera, ¡Oh, poderoso Aquiles! Mas no permanezcas ya en Troya, donde corres el riesgo de perecer en medio del fuego; antes bien, regresa a tu tierra, donde el esforzado Peleo aguarda impaciente tu vuelta, y acompáñalo en su ancianidad. No temas deshonrarlo por abandonar la batalla; él mismo, temiendo a las funestas parcas, ya quiso ocultarte y privarte de la expedición. Pero, además, ¿Qué te queda por hacer ante la poderosa Ilión? No sería al bravo Héctor a quien deberías dar muerte; ni a los demás defensores de las inexpugnables murallas. De sobra sabes quiénes son los auténticos culpables de la muerte de tu amado Patroclo.

El primero de ellos, Menelao, el orgulloso rey de Esparta, que decidió romper la alianza con los troyanos al sentirse humillado y ultrajado por la huida de su mujer. ¿Acaso era ése motivo para una guerra? ¿Acaso era Helena un objeto de su propiedad, del cual pudiera disponer a su antojo? ¿Acaso no fue Helena libre de embarcarse en la nave del hermoso Paris? ¡Por supuesto que lo fue! Y, ¿Qué hizo Menelao para que esto sucediera? ¿La maltrataba? ¿No sabía satisfacerla? En cualquier caso, aquí se incurrió en una doble falta: primero, ignorar la voluntad de una mujer; segundo: culpar de su decisión al amante y a toda una ciudad.

Pero, si no se pudo evitar la locura de Menelao y de toda la Hélade, concédase. Ahí fuisteis todos los reyes de Grecia los que actuasteis sin cabeza. Ahora voy por el segundo culpable:

Y éste es, evidentemente, el soberbio Agamenón, que, herido en su amor propio porque los dioses le arrebataran a su esclava, te robó a ti la tuya. Aquél fue el detonante de tu furia; la causa de que abandonaras el campo de batalla. Los troyanos caían ante ti. Pero, replegado en tu tienda, los hijos de Ilión recuperaron la iniciativa y dieron muerte a numerosos helenos. Ésa fue la causa de que tu fiel Patroclo, apesadumbrado ante tal carnicería, decidiera tomar tus armas y reemprender la lucha; y Héctor, al verlo así vestido, lo mató, pensando que era a ti a quien vencía.

De modo que si, enfureció por la muerte de tu amado arremetes contra su asesino y contribuyes a la caída de Troya, no harás otra cosa que facilitarle la tarea a los auténticos culpables de tamaña tragedia; a los detestables Atridas. ¡Sería a ellos a quienes deberías matar, y no al valeroso hijo de Príamo! ¿O acaso temes la cólera de los aqueos? Si buscas gloria, la hallarás cayendo ante las puertas de Ilión o a manos de quienes ahora son tus compañeros. Cualquiera que sea el camino que elijas, honrarás la memoria de Patroclo. Pero, si es a los odiosos Atridas a quienes das justicia, acabará así la guerra y salvarás a miles de helenos; y, deshecha la discordia, se podría retomar la alianza con los troyanos. ¿O es que temes mancharte con la sangre de tus hermanos y que ello te llene de ignominia ante los dioses? Abandona ese pensamiento. ¿O es que son menos hermanos quienes, habitando la propia Anatolia, no hablan el mismo idioma? ¿Aquéllos a quienes llamáis bárbaros?

Pero es mejor desistir. Que sean los Atridas quienes mueran en la propia Ilión. Ordena a tus mirmidones que vuelvan a las naves. Regresa con Peleo y envejece junto a la inmortal Tetis.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/08/2020.

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