SAUDADE

Habían pasado ya unos quince años desde la primera vez que leyó aquella novela. En aquel entonces le impactó; gozó de cada aspecto de la brillante obra. La primera gran novela que leía, Los miserables. Admiraba la destreza con la que Hugo había descrito aquella sociedad, aquellos paisajes… Ahí afloraba todo su romanticismo; la pasión por los grandes ideales, hasta el punto de arriesgar la vida por ellos…

Y es que el XIX fue el siglo de la fiebre revolucionaria; el siglo de la burguesía. La mecha se prendió en París; y de ahí se extendió por todo el Viejo Continente, con resultados desiguales. Muchos escritores darían su testimonio en sus obras; recogerían en ellas las esperanzas, luchas y sacrificios de muchos seres sin voz.

El amor, por supuesto, también estaba presente en aquel libro. Y, cuando lo leyó, se sintió fascinado por la historia. Contempló con cierta envidia la figura del revolucionario galán, de Marius Pontmercy, tan entregado a la causa y a su amada Cossette; y veía la relación entre ésta y Jean Val Jean; y anhelaba haber vivido una historia semejante; haber estado en la piel de uno de los dos amantes.

Unos diez años más tarde, cuando leyó la primera serie de los Episodios Nacionales, le embargó una sensación semejante a aquélla; una nostalgia por ese hermoso sentimiento que llevaba a un joven a luchar por la chica a la que amaba. También entonces envidió el heroísmo, la valentía y el amor fiel de Gabriel Araceli.

La novela francesa estaba ambientada en los últimos años del primer tercio del siglo XIX, tras la caída de Napoleón y los intentos por mantener el Antiguo Régimen en el país galo. La española, por el contrario, se ambientaba en 1812, con la guerra de la independencia de los españoles contra los franceses.

Más adelante descubrió la versión cinematográfica, que le ayudaba a recrear mejor la época. Ahí tenía el XIX francés; ese mundo rural, con aceras adoquinadas, tristemente alumbradas al caer la noche por tímidas luces de gas. Entonces era más fácil esconderse en la penumbra; las calles quedaban tan pronto oscurecía; y no se aventuraban por ellas más que parejas de enamorados o bandidos, además de policías. Era también un mundo mucho más silencioso, sin los horribles vehículos motorizados, con coches de caballos; y, sin la tecnología moderna, era posible la vida privada y el anonimato. Era consciente de que tendía a idealizar; que esa época que tanto añoraba también era convulsa y peligrosa. Pero le seducía.

¡Cuánto tiempo había pasado! No había vuelto a leer la novela; rara vez releía los libros; prefería explorar nuevos horizontes. Sin embargo, de alguna forma notaba que había vuelto; que ese mundo que había conocido hacía quince años, de repente reaparecía.

Era un romántico; no tenía remedio. Y sabía que ese romanticismo que en él anidaba se fundaba en su amarga nostalgia, en su profundo vacío, en sus lacerantes heridas. Era eso lo que le llevaba a soñar continuamente con esa dicha tan ansiada como prohibida, para siquiera tener ese gozo en la mente, como un espejismo; como un imposible. Era el único bálsamo para sus dolores; ese sentimiento que a un tiempo lo salvaba y lo devoraba. Esa saudade.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

10/08/2020.

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