ACOSO (VII)

– Todas sus víctimas fueron compañeros de instituto; no eligió a ninguno de la primaria.

– Ya. La infancia es la edad que más marca; pero cuando lo pasé realmente mal fue en la secundaria. Es cuando los chicos tienen las hormonas más alteradas; y eso influye en todos los sentidos. Por ejemplo, hay una mayor agresividad; un mayor deseo de mostrarse vigoroso e ingenioso ante los demás. Es típico en los varones; uno busca sobresalir. Y una manera de sobresalir, sobre todo en esta sociedad falta de valores, es humillar.

– Ha hablado de los varones. Sin embargo, entre las víctimas también hay una mujer.

– Sí. He hablado de los varones, porque es el colectivo que mejor conozco, ya que a él pertenezco. En cuanto a las mujeres, como ya sabrá, también se produce el despertar sexual; y, en cuanto a los medios de llamar la atención y conseguir popularidad, tienen sus propias armas.

Al empezar el instituto, como es lógico, yo también experimenté aquel despertar sexual; me fijaba en chicas y anhelaba que alguna me hiciera caso. En el segundo año, una se me acercó y me sedujo con palabras muy dulces; con una mirada que me hechizaba. Tendría que haberme visto por aquellos días; la cara de idiota que tenía; la sonrisa de subnormal. No dejaba de pensar en ella. Todo era una burda artimaña para quedar como un ángel ante los profesores; y le salió muy bien. Me decía que tenía novio, pero me daba esperanzas. Y yo, estúpido, babeaba por ella de una manera escandalosa.

Todo aquello fue cambiando conforme avanzaba el curso y se acercaba al final. Yo ya había hecho el ridículo; y la harpía ya había conseguido el favor de los profesores a través de mí; ya no me necesitaba. Podía modificar su comportamiento; los profesores no podrían trocarlo de igual modo, pues ello habría sido demasiado escandaloso; habría sido una prueba de favoritismo hacia mí. Además, siempre existía la posibilidad de que nos hubiéramos distanciado de manera natural.

El caso es que la chica cada vez estaba más osca conmigo.

Recuerdo una ocasión, en un descanso entre clase y clase, en que alguien me tiró tiza a la cabeza. Grité de dolor; y ella me recriminó que gritaba como una chica. No deja de ser irónico que lo dijera ella. Es curioso. Ahora que lo pienso, durante aquellos días vi su lado más agresivo; y, yo diría, su lado más masculino.

– Creo que aquello le hizo mucho daño.

– Me atrevería a decir que más que los abusos físicos. Me sentí utilizado, engañado. Aquella puta jugó con mis sentimientos.

Disculpe el lenguaje; estos recuerdos me exacerban.

– Tranquilo.

¿Y qué hay del hombre que iba con ella? ¿Lo conocía?

– No. Fue un daño colateral. Debía de ser su esposo. Fue el único al que maté en defensa propia. Cuando aparecí en aquel callejón oscuro y encañoné a la mujer, él se abalanzó sobre mí. Un gesto heroico, pero estúpido. Si estoy a dos metros no tiene nada que hacer. Pero a ella le dio tiempo de alejarse; y casi se me escapa. Tuve que disparar tres veces; una para detenerle la huida y dos para matarla. Hubiera sido cómico que lo hubiera matado a él, a quien no conocía, y ella se me hubiera escapado. A día de hoy, conmigo en prisión, aún se estaría riendo. Eso sí: con sus gritos y con tantos disparos, logró que me detuvieran. De no haber sido por eso, me habría escapado.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/08/2020.

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