NO LLORES, PRINCESA MÍA

*Dedicado a mi novia, Flora Ubaldo Alarcón:

No llores, princesa mía.

Me desgarra el alma cada mueca de dolor que desfigura tu bello rostro; ese hermoso rostro de piel canela. ¡Si supieras lo preciosa que eres! ¡Si por unos segundos pudiera prestarte mis ojos para que te vieras como yo te veo! ¡Para que te contemplaras como yo te contemplo…! Observarías un ser puro y hermoso, lleno de bondad y de dulzura; una mujer encantadora, pasional, que se entrega a cuanto la seduce, a cuanto le importa.

He visto en tu mirada ese entusiasmo; ese fulgor que arde en tus pupilas cuando se encuentran con las mías; esa sonrisa que me hechiza y me enamora; esa carcajada repleta de felicidad que me ilumina.

Me encanta contemplarte con toda tu belleza, cuando la luz deja al descubierto tus hermosas perlas. Mas, si cae la oscuridad y la penumbra me priva de alguno de tus encantos, entonces me deleito con el amargo placer del misterio; con imaginar cada contorno de tu rostro; con recordar tu inocente sonrisa; con reconstruir cada expresión, acorde al tono de tu voz, a las mágicas palabras que me hacen entornar los ojos y lanzar románticos suspiros.

Pero, si tan inefable es el placer que me provocas; si tan grande es mi deseo por tenerte, también es inmenso el dolor que me aflige si te veo lastimada; si oigo de ti gemidos de pesadumbre; si una lánguida lágrima empaña tu cara. Nadie menos que tú merece sufrir, maravillosa mujer de fantasía, musa de mis letras, dueña de esta alma mía.

Esa foto en la oscuridad, en medio de las tinieblas, me ofrece la mitad de tu rostro; la otra mitad queda eclipsada por la penumbra.

Es una foto intrigante. Cualquiera diría que acechabas en una recóndita esquina, amparada por las sombras. Acaso tu expresión pudiera ser de temor, más propia de una fugitiva que, agitada tras intrépida carrera, se escondía y con pánico cuidaba que sus perseguidores no descubrieran su escondite, recuperando el aliento tras larga huida, sobrecogida.

Mas sé que de nadie te escondías; que en esa foto sentías tu pecho acongojado por una honda pena; y que una cálida lágrima te bañaba el rostro. También sé la causa de tu aflicción; que sentías que algo había salido mal; que habías cometido un error. Nada de eso, preciosa mía. Para nada has de sentirte culpable; nada hay de lo que hagas que pueda ser objeto de reproche; nada que sea mínimamente censurable. ¿Qué falta habría de cometer un corazón tan puro, tan lindo, como el tuyo? Por favor, te lo ruego: no te atormentes con ideas semejantes; porque, cuando lo haces, no es sólo a ti a quien torturas, sino también a este desdichado que por ti languidece.

Seca las lágrimas de tu rostro, Flora, princesa mía, y no vuelvas a afligirnos con vanos dolores. Obséquiame con el brillo de tu mirada, espanta con decisión firme los fantasmas que nublan tu vida; acaríciame el alma con tu sensual acento, con tus dulces palabras. Regálame una de tus bellas sonrisas.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23/08/2020.

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