UNA LUCHA SIN FIN

Durante toda la vida había luchado. Sabía que no podía hacer otra cosa si quería ganarse su propio respeto; si quería seguir con un mínimo de esperanza. La lucha no podía ser más que contra sí mismo; debía tratar de vencerse y de superarse todos los días hasta su muerte. Sólo así, desafiándose, siendo inconformista, exigiéndose, le quedaba alguna posibilidad de recuperar una pequeña parte de lo perdido.

¡Qué difícil era aguantar! Por momentos se sentía desfallecer; creía que lo mejor era dejarse llevar por la corriente y precipitarse en el abismo. En alguna ocasión lo había intentado. Por una temporada había soltado la cuerda que lo agarraba a la vida, con la intención de que terminara con el menor dolor posible. Pero al final siempre le había vencido el miedo. El instinto de vida había estado ahí para retenerlo. Con rabia refrenaba sus impulsos, al tiempo que se maldecía por su cobardía; por ser incapaz de acabar aquello que había iniciado. Pero también rabia porque sabía que, si admitía el juego, su vida sería una lucha continua; que cuando tratara de beber el agua desaparecería antes de tocar sus labios. Nunca podría recuperarlo todo; nunca se sentiría a la altura; siempre se sentiría diferente; siempre se exigiría.

Con el paso de los años la lucha se hacía más amarga. Notaba más su desventaja, se hacía más manifiesta su derrota ante el mundo. ¿Cómo afrontar una realidad cuyo gozo le había sido prohibido? Asistir a diario a las imágenes de aquello que tanto anhelaba se le antojaba frustrante. Era como una cruel burla. Mostrarle algo que él nunca conseguiría; algo que, por más que se esforzara, nunca alcanzaría.

Por eso le costaba tanto la vida. De no ser por pequeños momentos en que creía obtener un sucedáneo de la tan ansiada dicha, la existencia se le habría antojado insoportable. Mas a diario se cuestionaba el porqué de todo. ¿Por qué seguir luchando, cuando cada día era más evidente que nunca alcanzaría la meta? ¿Por qué seguir esforzándose, cuando su salud ya estaba tan mermada y sabía que le restaban escasos años de vida? Hubiera querido saber cuántos, aunque al mismo tiempo le aterraba la propia idea.

Quizá su mayor ayuda para abstraerse había sido su juego de luces y sombras, su ilusión. Los libros, las historias que en ellos admiraba, las que él mismo construía. Así se evadía y llegaba a soñar que la normalidad que tanto codiciaba algún día se cumpliría.

Cuántas lágrimas le había ya costado mantener aquella ilusión. ¿Para qué lo hacía? Así mayor era el dolor cuando se revelaba su imposibilidad. Y entonces sólo podía huir en busca de la soledad y del silencio; recogerse en un lugar lo más apartado y oscuro posible para sumirse en sus nostalgias y en su anhelo de aquella felicidad prohibida. Mientras tanto, su cuerpo se seguía deteriorando a mayor velocidad que los demás; y él, consciente de la mayor brevedad de su existencia, de una existencia a la que no encontraba el menor sentido, se veía incapaz de poner fin a la misma.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

26/08/2020.

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