¿EL ÚLTIMO SUSPIRO?

¿Había llegado ya el momento? Siempre la misma pregunta; siempre la misma duda cada vez que sentía alguna contrariedad en su ya maltrecho organismo. A lo largo de los años se había enfrentado a co, ntinuos avatares; había observado impotente cómo se deterioraba sin poder hacer nada para evitarlo. Le había costado mucho aceptar que todo estaba perdido, que tendría que afrontar su existencia como un lisiado. Al principio luchaba por vencer aquellos obstáculos, por sobreponerse a aquellas adversidades y conseguir la lozanía que siempre había ansiado y nunca había tenido. Pero las sucesivas caídas le habían hecho desistir de sus esfuerzos.

Todo había empezado con aquel tumor que marcaría el rumbo de sus días. Lo que en adelante sobreviniera, sería agravado por aquél. Y entonces, ante cada nueva embestida, tendría la sensación de que sería la última, que su cuerpo no aguantaría nuevos golpes. Y, si los síntomas eran leves, poco importaba. Aquello podía ser sólo el comienzo, el principio de algo mucho más grave que, tal como el tumor que había tenido que afrontar, tendría consecuencias irreversibles. Por otra parte, el mundo era cada vez más inseguro. En medio de tanta contaminación, en medio de tanta radiación, los cánceres eran cada vez más frecuentes a edades cada vez más tempranas; y él, sin haber tenido tiempo de vivir, ya había tenido que lidiar con uno.

Todo eso hacía que viviera con cierto temor. Siempre le había angustiado la idea de morir, quizá por haber estado en varias ocasiones a punto de cruzar el umbral que lo separaba de las tinieblas. ¿Cómo sería ese momento? ¿Acaso como quedarse dormido? No. Demasiado idílico. Acaso en el último trance, en el último suspiro. Pero no era tan ingenuo como para pensar que sería un momento agradable. Después de una vida entre hospitales, estaba cansado de ver gente moribunda y de escuchar gritos de dolor. Y eso por no hablar de la agonía de quien sabe que ya ha llegado su última hora y que no puede hacer otra cosa que esperar mientras se le van consumiendo las fuerzas.

Pero, si lo pensaba fríamente, se decía que él nunca había vivido; que desde su origen había estado muerto. Así pues, ¿Por qué temer a ese instante en que se deja de sentir? Ojalá pudiera ser siempre así de racional. Pero no podía. Y seguía temiendo la muerte.

Sin embargo, harto de aquella vida de hospitales, médicos y pruebas, cada vez los frecuentaba menos. Si iba a morir, prefería estar lo más lejos posible de aquel ambiente que le había rodeado durante un tercio de su vida. Operaciones, análisis, pruebas diversas… Prefería morir tranquilo antes de que le martirizaran con todo aquello; o antes de que la industria farmacéutica hiciera su negocio a costa de su salud. Ahora nuevos dolores le acosaban. ¿Sería ésa su última agonía? ¿Cuándo acabaría tan dilatada incertidumbre?

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

03/09/2020.

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