SOLEDADES

*Escrito presentado a reto del grupo Atracción literaria: prosa y poesía, de Mar Aranda/Andrea Gastelum:

Otra tarde en la oscuridad. Ahí empezaba el largo y sinuoso camino arcillado, con su tierra rosácea, flanqueado por árboles y grandes franjas de césped. Estaba iluminado por farolas que en determinados puntos estaban apagadas, sumiéndome en la más absoluta penumbra. Era en esos momentos cuando me sentía más lleno. A pesar de que tuviera que ralentizar el paso por seguridad, por desconocer si había algún bache en el terreno, me embargaban esas tinieblas que me abrazaban y se mezclaban con mi soledad; una soledad que ya es una fiel amiga. Hacía una temporada que la tenía abandonada; que prefería mezclarme con personas que nada me aportaban y que, a decir verdad, me hacían sentir un hondo vacío. Pero ahí, solo, sin pronunciar palabra alguna, sin sonido articulado que escapara de mi boca, podía sumirme en mis pensamientos y en mis nostalgias.

Entonces lamenté no llevar mi libreta conmigo; aunque también es cierto que si lo hubiera hecho creo que de nada me habría servido. Habría necesitado un punto iluminado para escribir las ideas que se me agolpaban en las mientes. Y, llegado el caso, fluirían de diferente manera, no podría plasmar mis reflexiones, mis sentimientos, tal como los sentía. También me quedaba la opción de la grabadora; encenderla y empezar a relatar mis emociones. Ya lo había hecho en otras ocasiones; pero de nada me había servido. No sabía por qué en cuanto accionaba el botón todas las ideas se me dispersaban. Era como una maldición, que me impedía ser enteramente fiel a mis sentimientos, describir aquella belleza que me entusiasmaba.

Resignado, no me quedaba más remedio que proseguir mi camino con aquella luna que, por fin, volvía a estar hermosamente llena. Mis pensamientos serían efímeros; debería vivirlos con cada paso, sin la posibilidad del recuerdo, de la inmortalidad que da la tinta al verterse sobre el lienzo. Todo se reducía a caminar por la tierra árida en busca de la lejanía, de la oscuridad, de la plenitud de la soledad… Y llegado el momento, temderme en el césped con las piernas estiradas y los brazos apoyados en el pecho; sentir la hierba rodeándome el cuerpo, clavándose en la nuca; cerrar los ojos y respirar todos los aromas, todos los olores, toda aquella pureza; abrirlos y contemplar el cielo opaco, rasgado por algunos aces de luz procedentes de las farolas y por algunas ramas de árboles que se cruzaran, sin ruido que perturbara mi paz, sin ningún temor que pudiera quebrar aquel instante sublime.

¿Cuánto duró? No lo recuerdo. Acaso no llegara a la media hora, pasada la cual tuve que incorporarme para iniciar el regreso. Porque tenía que regresar. Sabía que en algún momento me tendría que reintegrar a la civilización, del mismo modo que el tiempo pasaba y no podría gozar de una noche perpetua; que el día la sucedería y que la luz desplazaría las tinieblas en su lucha eterna; y, con ello, las tan aborrecidas gentes poblarían aquel paraíso que entonces era sólo mío; y con su presencia lo convertirían en un infierno. Pero al caer el oscuro manto, cuando los demás se replegaran, volvería a ser mío. Y ésa sería mi energía para seguir sobreviviendo.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico,

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/09/2020.

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