UN MAL AUGURIO

Aquella media maratón, la primera y la última que corría en su vida, lo llenó de orgullo. Nada le importaba haberla terminado tan agotado y con las ingles escocidas, o haber pasado una semana sin apenas poder caminar. Lo que de verdad importaba era que lo había conseguido; que había derribado una de las barreras de su vida; que se había demostrado a sí mismo que podía hacerlo. Todo eso. Y el obsequio que recibió al terminar: unos flamantes calzoncillos de color rojo pasión. Entonces se dijo que aquél sería su amuleto; sus calzoncillos de la suerte. Nunca los usaría.

Así ocurrió durante dos años. Los calzoncillos mágicos, dulcemente guardados junto a la demás ropa interior, permanecían sin estrenar como un hermoso talismán que guiaba su fortuna. Era algo absurdo; lo sabía. Nunca había sido un hombre religioso; siempre se había burlado de los supersticiosos y había despreciado a los crédulos. Pero entonces aquel hombre de ciencia se veía derrotado por una creencia. Por más que quisiera disfrazar su comportamiento de juego, lo cierto era que tenía un amuleto. Y lo cuidaba.

Hasta que llegó el fatídico día. ¿Cómo pudo tener aquel descuido? Tenía que haber puesto la lavadora el día anterior. Ahora se encontraba sin calzoncillos. Había pasado dos años sin usarlos, pero ya no le quedaba más remedio que romper la norma. Desde el momento en que sus genitales entraran en contacto con la delicada prenda y la mancharan, ya nada volvería a ser lo mismo; desaparecería su valor sagrado. Los miró largo tiempo y los acarició con ternura, sintiéndose sacrílego de su propio templo.

Su acción pronto se revelaría como una temeridad. Apenas transcurrido un mes desde la horrible profanación, aquella terrible enfermedad lo hundió en la melancolía y la desesperación. Trató de consolarse; se dijo que sólo había sido una mera coincidencia. Sin embargo, a la hora de la verdad se censuraba. Tenía que haber reutilizado uno de los que ya había gastado; haberle dado la vuelta, siquiera. Ahora todo estaba perdido.

Rota la magia de la prenda inmaculada, y una vez su cuerpo había merecido el castigo por la afrenta, hizo el mismo uso indiscriminado que hacía de los demás calzoncillos. Así durante otros cinco años, olvidado de una suerte que parecía haberle abandonado. ¿De verdad creía en la suerte? Era absurdo; eso no tenía ninguna base científica. Mas ahora, cuando volvía a aferrarse al escepticismo, sentía renacer su lado irracional. Todo fue a raíz de una de sus habituales libaciones. Estaba sentado en el confesionario cuando observó cuantiosos agujeros en sus calzoncillos otrora mágicos. ¿Podía ser aquello un mal presagio? Lo ignoraba, mas no quería volver a tentar a la suerte. Ésa sería la última vez que se los pondría.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/10/2020.

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