MARCEL (III)

Aquello parecía una señal de cambio, pero sólo era un espejismo. No sé lo que pasaría por la cabeza de Émile; nunca me hablaba con claridad. Si en aquella ocasión se había dado cuenta de su error y procuraba enmendarlo, en otras recobraba su extraordinaria timidez. Su falta de expresividad me tenia trastornada. Yo trataba de comprenderlo y darle su tiempo para que no lo pasara mal, pero estuve a punto de echar la toalla. A veces me sentaba en el sofá de casa para pensar sobre el tema, y entonces Fiodor, uno de mis gatos, restregaba su cuerpo contra el mío; yo lo acariciaba, le llamaba Émile y le hacía las mismas preguntas que le hacía a mi novio, recibiendo idénticas respuestas. Quizá se me escapaba alguna lágrima; y entonces Dafne, mi gata, acudía a consolarme. Mis gatos son un encanto. No sé qué haría sin ellos.

Émile era el único asunto que no podía tratar con Marcel. Es decir: sí que podía; claro que podía. Con Marcel tengo absoluta libertad. Pero él no es una persona sentimental; es un bloque de hielo, por más que sea encantador y lo ame con toda mi alma. Y hablarle sobre Émile no era conveniente; era ponerlo en un compromiso. A pesar de todo, en alguna ocasión abordé el tema con él.

Mas por suerte también pude recurrir a Gustav, otro gran amigo, que siempre estuvo ahí para escucharme. Dejaré caer sólo unas pocas pinceladas, aunque en realidad es mucho lo que podría decir sobre este personaje, único en su especie; tanto, que creo que podría escribir un libro. Es gracioso que diga esto, porque precisamente a él le he encargado escribir mi biografía. Otra cosa no, pero escribir, escribe de muerte. A parte de esto, quizá lo más ilustrativo que pueda decir de él es que yo le llamo mi pequeño Woody Allen, porque es idéntico a ese otro genio: bajito, esmirriado, irónico y exageradamente tímido. Creo que esta última característica le hacía empatizar con Émile; eso me hizo comprender algo mejor la situación. Era de locos: no podía penetrar en la mente de Émile, de quien estaba enamorada, porque de alguna manera veía en él a Marcel sin ser Marcel. Así que me busqué como psicoanalista a Gustav; es decir: al gran Woody. Y la tesis de Gustav era que mi seguridad , la emprendedora que era, mi carácter, imponían respeto a Émile, que temía perderme. Me veía como demasiada mujer para él.

Aquellos primeros meses fueron realmente difíciles. Llegué a creer que todo se acababa. Deposité todas mis esperanzas en un viaje de dos semanas que haríamos a la Bretaña durante la primera quincena de agosto a casa de un amigo. Sería la primera vez que pasaríamos tanto tiempo juntos; eso ayudaría a aclarar muchas cosas. Entonces sería más fácil saber qué rumbo llevaba la relación; si, parafraseando al gran Woody Allen, teníamos entre las manos un tiburón vivo o un tiburón muerto.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

06-10-2020.

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