MARCEL (VI)

En cualquier caso, me satisface pensar en cómo la consume el hecho de que esté con su amigo; que la relación funcione y tenga que tragarme cada cierto tiempo.

El mes que pasamos juntos fue sencillamente espectacular; intensificamos mucho el contacto, con todo lo que ello implica. Émile me compensó de todos los quebraderos de cabeza que me había dado durante semanas. Puedo afirmar sin exagerar que durante ese tiempo tuve el mejor sexo de mi vida; algunas noches lo hacíamos hasta cinco veces, como bestias en celo, hasta quedar agotados y saciados cuando empezaba a amanecer. Dormíamos un par de horas antes de retomar la actividad diaria. Descansábamos poco, pero no nos importaba; lo compensaba ese placer salvaje, esa sensación de plenitud que nos recorría el cuerpo. Y es que esas imágenes, esas sensaciones; el recuerdo de su cuerpo sobre el mío; sus labios besando mis labios, su lengua recorriendo mis senos, los gemidos desbocados, el sudor, aquellos sublimes orgasmos… Todo eso me acompañaba durante el día y me devolvía la energía que me faltaba.

El problema fue cuando acabaron las vacaciones. Si mi residencia hubiera estado fija en Orleans no hubiera habido inconveniente; pero desde hacía cinco años pasaba el curso académico en París, donde estudiaba arte dramático. Siempre ha sido mi sueño; el gran sueño de mi vida, junto al de ser escritora y ser madre: ser actriz. Pero claro: mantener el objetivo de ser actriz me obligaría a mantener una relación a distancia, que era lo que desde el principio había temido mi chico; y lo que yo, aunque sabía que iba a ocurrir, había tratado de obviar. Hasta que llegó el momento. Ahora tendría que acostumbrarme a verlo únicamente por videollamada; a dejar de tocar su cuerpo, de besar sus labios, de enloquecer entre sus brazos… Hasta que llegara el fin de semana o algún festivo. Y entonces era subirme al coche y apretar el acelerador para salvar cuanto antes la hora y media que me separaba de Montmatre. Siempre pensando en Marcel, siempre pensando en mi padre, siempre pensando en Émile… Siempre pensando en el próximo polvo. Dicho así puede sonar frívolo, hasta vulgar. Pero el sexo es el motor de la vida; es lo que le da sentido. Si lo dice Woody Allen, ¿Quién soy yo para contradecirle? Siempre he sido muy romántica; y sigo siéndolo. No son cosas incompatibles. Pienso en el sexo y lo practico como buena religiosa, pero con mucho romanticismo.

Durante la semana iba a clase concentrada en lo que hacía; me preparaba los ejercicios e interpretaba con mi habitual maestría. Disfrutaba con mis compañeros y organizábamos cenas; y siempre asistía con la ilusión de lo que había gozado durante el fin de semana anterior y pensando en el premio que me esperaba para el siguiente por ser una buena alumna. Era como un fetiche, una fantasía sexual, donde, paradójicamente, lo que más deseaba como recompensa eran unos buenos azotes. ¡Cómo volaba mi fantasía anhelando ese momento, ese instante que por sí solo justificaba tan larga espera!

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

17/10/2020.

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