PRIMER CERTAMEN LITERARIO BENITO PÉREZ GALDÓS

UNA NATURALEZA PASIONAL

Siempre he querido ser actriz; ése ha sido mi gran sueño desde que iba al instituto. Ensayar con los compañeros, sentir esa tensión de los últimos minutos, subirme a un escenario y actuar frente a decenas de personas… Todo, para crearme esos otros mundos y vagar con mi mente soñadora.

Hará cosa de siete años que decidí realizar mi sueño. La experiencia fue apasionante; y creo que entre mis compañeros y profesores dejé huella. En clase mi comportamiento era serio, concentrado; procuraba estar lo más atenta posible. Siempre me ha gustado darlo todo. Fuera del aula, sin embargo, ya en un ambiente más distendido, podían ver mi carácter extrovertido y alegre, por no decir alocado. Yo era la mayor; había empezado más tarde de lo habitual. Pero me gané el trato con la gente, debido a mi entrega, a la pasión que ponía en mis personajes… Vivía mis papeles.

Otro punto relevante en mi vida es mi sensibilidad; una sensibilidad muy acentuada, que me lleva a emocionarme por cosas a las que otros no darían la menor importancia. Una canción, una melodía, una película romántica, pueden hacer que se me erice el bello y que se me escape un torrente de lágrimas sin que pueda hacer nada para evitarlo. Supongo que todo guarda relación con lo mismo. Es ese modo de ser el que me lleva a volcarme en mis relaciones, a disfrutar tanto con lo que hago, a recrear todos los libros que leo… Y a sufrir con especial dureza las rupturas amorosas.

Y es que años después de comenzar en la academia de arte dramático se produjo la fatal ruptura con mi novio de entonces, que –dicho sea de paso- fue quien me animó estudiar teatro. Aquello fue algo así como un drama griego; la propia víctima labraba su propia destrucción sin darse cuenta de cómo se perdía y se precipitaba en el abismo. Sólo así se explica que el chico con el que había pasado los últimos cinco años, un tipo inseguro y celoso en demasía, me exhortara a adentrarme en un mundo que ampliaba mi círculo social y que me haría relacionarme con otros hombres.

Las discusiones con mi novio comenzaron al año de ingresar en la academia, aproximadamente. La viveza con que me veía regresar a casa, mi entusiasmo por estar realizando mi sueño, lo minaron poco a poco. El hecho de que le comentara sobre mis compañeros y sobre anécdotas divertidas me parecía de lo más normal. Yo regresaba con muchas ganas de contárselo todo y hacerlo partícipe de mi alegría; eso es lo que hacen todas las parejas sanas. Pero lo que para mí era de una lógica irrefutable no lo era para él; me vio con una felicidad que, según debió de deducir, sólo podía ser fruto del enamoramiento; que, si le hablaba tanto de mis compañeros, tenía que ser porque ya no le quería.

Las escenas que se sucedieron se me hicieron absurdas. Que mi pareja no me comprendiera; que no entendiera que me sentía feliz por estar viviendo mi sueño; que me cuestionara y llegara a acusarme de sentir algo por otros hombres… Entonces fue cuando me di cuenta de que no teníamos una relación sana; que él no confiaba en mí como yo confiaba en él.

Toda aquella tensión me afectó. Asistía a clase con el semblante serio, cuando no triste. Era algo que en mí no podía pasar inadvertido. No era la expresión de siempre; y menos aún cuando terminaba y se suponía que debía estar locuaz y divertida. Era obvio que me pasaba algo; y ese algo era que mi relación, la relación que mantenía desde hacía cinco años, hacía aguas. Cuánto tiempo aguantaría, era algo que dependía de los intentos de reanimación que le hiciéramos.

Un día llegó a la academia Ramón, un chico de 18, metro noventa, moreno, pelo corto y ojos castaños. Era el yogurín de la clase; y supongo que, por ello mismo, muy tímido. Cuando lo vi me pareció un chico normal. Guapo –porque lo era-, pero nada más.

Todo empezó a cambiar una tarde, cuando tuvimos que ensayar juntos para una obra. Tuve que enseñarle a bailar. Fue la primera vez que nuestros cuerpos se juntaron, aunque no fuera más que de una forma profesional. Hubo un momento en que entró una profesora en el aula, y nos preguntó si queríamos que nos observara, para que nos orientara, y aceptamos.

-Ramón, deberías ser más emotivo. Noto que no le das tanto como ella a ti. Mejor vamos a hacer un ejercicio. Quiero que os sentéis frente a frente y os digáis lo que os gusta del otro.

Dicho así, suena a una terapia de pareja, para reavivar la llama. En nuestro caso, la encendió.

-Está bien: de Ángela me gusta su larga melena rojiza; ese fuego que incendia su cabellera, símbolo de la pasión que encierra su alma; sus hermosos ojos verdes; esa sonrisa llena de bondad y de dulzura; su sentido del humor, su alegría. Me encanta la atención que pone en todo, cómo se preocupa por los demás, su generosidad. Pareciera que su nombre la define; porque es un ángel en el cuerpo de una mujer. Una mujer preciosa.

Creo que me ruboricé. Pero es que para nada me esperaba semejantes palabras. Y el caso es que yo también debía decir algo.

-Ramón es un chico muy atractivo. Es joven, pero se le nota entusiasmado con lo que hace; y creo que tiene un gran futuro como actor. Me seduce su penetrante mirada, su voz grave, su porte atlético.

La profesora se percató de que algo extraño estaba pasando, y se marchó sin que nos diéramos cuenta. Desde luego, todo sucedía de una manera muy rara. Yo estaba enfrascada en una relación que ya estaba muerta; y en esos momentos, además, empezaba a sentir algo por un chico de 18. Si el chaval hubiera tenido unos meses menos, aquello habría sido delito.

Durante los días siguientes, aquel breve ejercicio dejó sentir sus resultados sin que nos diéramos cuenta. De una manera un tanto inconsciente, nos buscábamos. Digo inconsciente al menos por mi parte, pues no tengo conciencia de haberlo hecho de manera intencional; pero, en vídeos de los ensayos que hemos visto a posteriori, aparecemos uno detrás del otro, al acabar, como siguiéndonos. Y, por lo que me ha contado, tampoco se daba cuenta de ello; él también debía de sentir aquel cosquilleo que empezaba a florecer en su interior, sin acabar de percatarse.

Le expliqué lo complicada que era mi situación y le pedí tiempo. Después de eso, decidí hablar con mi padre. Tenemos una relación muy sana padre-hija; muchos amigos me han dicho que envidian eso. Y sí: la verdad es que tenemos una relación muy bella; pero no siempre ha sido así. Durante una larga temporada estuvimos distantes, a raíz, sobre todo, de la tensión que respiré en casa de niña. Lo de mis padres fue un error; y yo, hija única, tuve que tragar con las consecuencias. Por eso pronto tomé la decisión de independizarme en cuanto pudiera; y así lo hice. No me importó buscarme trabajos como dependienta en una tienda o de camarera; y aún menos empezar a dar clases particulares –que es algo de lo que ahora, ya licenciada y sin la presión de los estudios, disfruto plenamente-. Todo con tal de huir de ese fuego. Y la verdad es que me ayudó a ganar autonomía y a aprender a defenderme.

Pero, como ya digo, la relación con mi padre todo cambió para bien en cuanto me independicé. Desde entonces creció una gran complicidad con mi padre. Y es que, en realidad, es a él a quien me siento más unida; por él tengo pasión por la literatura y el arte; y también tenemos la misma visión bohemia y romántica de la vida. La unión es tal, que he llegado a buscar su consejo acerca de varios hombres con los que he estado; como hice respecto a Ramón. Cuando le comenté el caso, dio un brinco de sorpresa:

-¡Joder! ¡Un chaval de 18! Ángela, nena, sólo se vive una vez. Haz lo que te salga del corazón.

Era la respuesta que necesitaba para lanzarme adelante en mi locura. No hacía falta que mi padre me dijera que aquello era un capricho pasajero; yo misma veía que no podía durar; era demasiada nuestra diferencia de edad. Pero quería disfrutar del momento; sentía ese cosquilleo que me llevaba a luchar contra la razón. Ahí cobraba vida mi espíritu aventurero; ahí me lanzaba con todo ímpetu, deseando vivir y morir con cada acción, con cada instante. Y –creo-, aunque fuera de una forma inconsciente, imagino que también estaba el morbo de pensar que estaba tonteando con un chico diez años más joven.

Durante unos meses nos vimos a escondidas; nos besábamos entre bastidores, sin que la cosa llegara a más. Pero era evidente que algo pasaba. No ya por la profesora que había encendido la chispa, sino por cómo nos mirábamos, por nuestra complicidad…

En una ocasión cantó una canción que había empezado a componer yo el año anterior. Aquello me emocionó. El tema no fue sólo que tuviera un chorro de voz, sino el sentimiento que le puso; y, por supuesto, que interpretara una canción mía. Aquello me cortó el habla; pasé unos días sin poder cantar siquiera. Mi profesora me increpó; llegó a enfadarse de verdad. Tenía un nudo en la garganta.

El tiempo pasó, y mantuvimos nuestros encuentros furtivos, sin que lo nuestro pasara más allá de besos pasionales y de caricias acompañadas de dulces palabras. No podía cargar sobre mi conciencia una infidelidad, aunque mis actos llevaran a pensar en lo contrario; y sé que mi novio lo habría sentido así de haberse enterado, aunque no hubiera habido sexo. No me sentía culpable; y sabía que nadie podría reprocharme nada. Si sentía fuertes emociones por aquel chico, me reprimía; porque consideraba que, aunque mi novio fuera el que había matado lo nuestro, no se merecía tal desliz.

Aquel año representamos una obra por Navidad. Era nuestra despedida antes de las vacaciones; después nos separaríamos hasta el año entrante. Y la situación que tuve que afrontar fue en verdad surrealista: ahí estaba yo, con Ramón; y, entre las primeras filas, mi mejor amigo y Marcos, mi novio. Tuve que hacer grandes esfuerzos por sortear aquel obstáculo; disimular mis sentimientos para que no se notara lo que realmente estaba pasando. En cierto modo, fue una prueba; así pondría a prueba mis dotes de actriz. Por otra parte, el hecho de estar interpretando me permitiría escudarme en la obra, si pretendía acusarme de algo.

Durante uno de los descansos, entre bastidores, nos besamos, como teníamos por costumbre; pero en aquella ocasión no fuimos demasiado discretos; nos vieron dos compañeras. Cuando nos separábamos, les oí encararse con el chico:

-¿Qué haces con la pelirroja? Es demasiado vieja para ti.

No podía creer hasta qué punto podían llegar las rivalidades y los celos. El chico era muy guapo, en verdad. Pero de ahí a intentar ponerlo en mi contra hay un límite. Lo que me agradó de aquello fue su respuesta.

-Pues es mucho mejor que cualquiera de vosotras.

Las dejó calladas. Entonces me confirmó que me quería.

A todo esto, mi relación continuaba en punto muerto. Mi novio había ido a verme actuar, pero eso no quería decir nada; yo estaba, más bien, controlada; cualquier hombre le producía un ataque de celos. De hecho, meses atrás había sospechado de Luis, mi mejor amigo; aunque eso tenía un cierto sentido. A Luis lo conocí en el colegio; y desde entonces ha crecido entre ambos un afecto muy intenso. Quizá en otras circunstancias habría habido algo entre nosotros, pero ahora somos incapaces de vernos más que como hermanos; y eso hace que pensar en una relación de pareja nos haga verlo como algo incestuoso, prohibido. Pero, me siento tan unida a Luis, que creo que algunas de mis parejas han tenido rasgos similares a los de él; un chico rubio de ojos verdes; como si buscara recrear a mi amigo en otros hombres, para llevar a cabo lo que ya no puedo tener con él. Pero no estoy segura de hasta qué punto pueda sacarse una norma de ello; o si es una mera anécdota, fruto de la rumorología.

En cualquier caso, es tal el afecto que nos tenemos y que nos mostramos, que muchos amigos han llegado a pensar que éramos pareja; y Marcos sospechó una infidelidad, hasta que, consciente de su error, tuvo que pedirnos disculpas por su paranoia. Luis, de un temperamento muy flemático, en ningún momento le había dado importancia a la sospecha; y acogió sus palabras con la habitual sorna que le caracteriza.

Así las cosas, la tensión con Marcos continuaba; y mis sentimientos por Ramón crecían. Un día hablamos seriamente, y decidimos dejarlo. Fue una ruptura pacífica. Comprendía que era la mejor opción. La verdad es que me esperaba una reacción diferente; agresiva, incluso. Por suerte, podríamos mantener una amistad cordial.

Se me hizo sorprendente el cambio que se operó en Marcos en tan breve tiempo. ¿Qué se había hecho de aquel tipo tímido, a quien le costaba mantenerme la mirada? Había ganado en seguridad; sabía ya cuál era su potencial, su atractivo, no sólo hacia mí, sino hacia otras mujeres, como había quedado de manifiesto cuando nos descubrieron aquellas harpías. Y, ya sin tabúes y con las manos libres, recuperamos el tiempo perdido; tuvimos sexo salvaje durante horas. De hecho, en una tarde que teníamos libre, arrebatados por la pasión, me hice un esguince en un dedo meñique; y tuvimos que ir al hospital. Aquella noche había quedado para cenar con mi padre; pero, obviamente, no podría asistir; y le llamé para advertirle. En principio no iba a decirle cómo había ocurrido; no era cuestión de entrar en detalles. Pero mi padre preguntó.

-¿Quieres que te diga la verdad?

-Sí.

-Me lo hice en la cama con Ramón.

Fue tal su carcajada, que estoy segura de que todos los vecinos se enteraron. Creo que de alguna manera me considera una hija digna; hago las mismas cosas que hacía él; ve en mí su reflejo, como ya dije. Por eso puedo hacerle estas confidencias.

El sexo era algo muy importante, pero no lo era todo, por supuesto; había algo más. Era sentir sus manos en mis senos, sus brazos rodeando mi cuerpo, su ternura, su voz sensual en el oído; cómo se unían nuestras energías y llegábamos a evadirnos, a extasiarnos; cómo nos mirábamos, jadeantes y sudorosos, con las pupilas dilatadas. El sentimiento tenía una gran fuerza; pero bueno… Creo que, a fin de cuentas, todo era sexo.

Consolidada mi relación, podía salir a la calle con mi novio; lo nuestro ya era formal. Pero no todo el mundo lo sabía; había amigos de mi anterior pareja que aún no lo sabían; porque Marcos, en realidad, no había superado la ruptura; y no se había atrevido a hacerla oficial. Como resultado, en una ocasión uno me vio cogida de la mano de Ramón; y se apresuró a advertírselo. Mi ex, preso de un arranque de celos, me pidió permiso para ir a mi casa a recoger algunas de sus pertenencias, un fin de semana en que yo había regresado al pueblo. Lo que me encontré cuando regresé fue dantesco: papeles tirados por el suelo, todo revuelto… Y, por supuesto, había consultado mi ordenador, en busca quién sabe de qué; ahí no encontró nada.

Supongo que no ayudaría precisamente el hecho de que se enterara de que el chico que iba conmigo tenía 18 años; como tampoco ayudaría saber que era un compañero de la academia, con el cual me había visto actuar hacía unas semanas. Imagino lo humillante que sería para él; se sentiría engañado y burlado desde el principio.

Aquél fue el punto de partida de toda una serie de putadas. Entonces vi la cara de mi ex que había permanecido oculta durante las semanas anteriores. Traté de denunciarlo, pero me advirtieron de que no serviría de nada. Había pruebas que lo inculpaban, como una serie de mensajes que me envió, donde me decía que iba a hacerme la vida imposible –además de acusarme de haberle engañado-; pero lo más que podían hacer era retenerlo una noche en el calabozo. Después de eso, tendrían que dejarlo en libertad. Por suerte, su locura no llegó al extremo de agredirme; pero la situación de acoso a que me sometió fue muy violenta. Tanto, que decidí pedir ayuda a mi padre; y fue gracias a eso, a que él le plantó cara y le habló seriamente, que me dejó en paz.

Pero la historia con Ramón sería breve; yo lo sabía, aunque en algunos momentos no quisiera pensar en ello. Disfrutaba de la efervescencia sexual del chico y pasábamos juntos momentos muy tiernos y románticos. Pero aquello, como digo, fue breve; tres meses muy intensos. El chico, con un gran futuro como actor, pronto dejó la escuela para escalar otro peldaño en su carrera profesional; y, consciente de sus encantos, perdió el enamoramiento por mí y todo el romanticismo de que había hecho gala al principio; y aquello, tal como había empezado, desapareció sin que me diera cuenta.

Empezaba a despuntar la primavera; los días se hacían más largos y las temperaturas se estabilizaban. Era una nueva estación, que debía depararme una nueva etapa en la vida; como si mi propia existencia se sincronizara con los ciclos del planeta.

Confieso que al principio me dolió, a pesar de estar prevenida de lo efímera que iba a ser la experiencia. Pero yo soy así; ya lo dije; una naturaleza pasional: me entrego mucho en las relaciones; siento de una manera muy apasionada y gozo muy intensamente. Es esa capacidad de soñar que nos lleva a algunos a recrearnos en cada gesto; a estremecernos con cada palabra, con cada caricia; a erizarnos con cada beso. Y a sufrir indeciblemente con cada ruptura. Somos así; personas de extremos. Vivimos siempre al límite; al límite del placer y al límite de la agonía. Porque, para nosotros, si no es así, la vida no tiene sentido.

Pero creo que habría preferido otro momento. Que todo terminara en esa fecha, con toda la alegría que supuestamente estaba por venir, no me permitía hacer la habitual catarsis. Por eso siempre he preferido las estaciones frías y los días cortos; sumergirme entre la oscuridad, hundirme dentro de la colcha de mi cama; o, incorporada, con la tenue luz de una vela, beber un vaso de tinto y fumarme un cigarrillo, mientras el humo asciende lentamente y nubla mis ojos melancólicos, con la mirada encarada hacia la ventana, en busca de un cielo lejano, de un horizonte infinito, para escrutar a los astros el sentido de todo. Así permanezco unos minutos, en silencio, sin más ruido que el que pueda provenir de afuera, sumida en mis pensamientos.

Ésta es la historia que viví durante aquel año; las emociones y las intrigas que sentí por dentro. No podía quedarme sin dejar huella de esa gran experiencia; de esos hermosos momentos.

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