MARCEL (VII)

Pero conforme fue pasando el curso mi estado anímico empezó a cambiar. Conservaba el entusiasmo por ver a Émile; los fines de semana y los festivos los disfrutábamos al máximo; a veces cenábamos con Marcel y con la rancia de su esposa. Pero cuando regresaba a París era diferente. Los días acortaban mucho; y eso, unido al frío gélido propio del invierno, era un gran caldo de cultivo para mi nostalgia. Ésa es la faceta oscura del romanticismo, la cara amarga de la sensibilidad. Es curioso. Podría establecerse un paralelismo entre la nostalgia y el orgasmo. En ambos casos hay como un tanto de placer y otro tanto de dolor; o al menos así lo veo yo. Son los polos opuestos que se atraen y se complementan.

En esos casos prefería quedarme en casos, sentada en el sofá con una manta y la estufa encendida mientras escuchaba un poco de jazz, con una copa de tinto en una mano y un cigarrillo en la otra, acompañada por mis gatos. Entonces hacía un repaso de todo lo que había sido hasta el momento mi vida y de lo que esperaba para el futuro. Era profesora, y mis alumnas me querían; sabía que tenía talento para la escritura, y que sólo era cuestión de tiempo que publicara mi primer libro; en cuanto al arte dramático, estaba plenamente entregada, y tanto mis compañeros como mis profesores valoraban mis habilidades. Lo único que me preocupaba era lo de ser madre; eso no dependía únicamente de mí; eso era cosa de dos. Es algo para lo que no quiero dejar pasar mucho tiempo. Acabo de cumplir treinta y cuatro; me crucificaron el año pasado. Otra de las ironías de mi vida: nacer el día de los muertos.

Ésa es la congoja que me abruma desde hace unas semanas. ¿Será Émile el hombre con el que pase el resto de mi vida? ¿El padre de mis hijos? Quiero pensar que sí. Lo amo con todo mi corazón, y ahora estamos más unidos que nunca. Pero en estas tardes de invierno, cuando me asalta la nostalgia, soy un mar de dudas. Marcel y yo siempre hemos tenido la ilusión de ser padres y que nuestros hijos jugaran como primos o como hermanos; verlos crecer y ser sus tíos, aunque faltara el vínculo de la sangre.

Sé que se trata sólo de momentos de debilidad; que luego vuelvo a clase o regreso a Orleans y vuelvo a ser la misma de siempre. Pero no puedo evitar esos bajones; esos instantes de nostalgia donde, como ya he apuntado, el placer y el dolor se unen y me hacen vagar en medio de una ensoñación consciente, con las pupilas dilatadas por el humo del tabaco y alguna lágrima bañando mis mejillas por efecto de la música.

 Ahí, sentada con mis gatos, con la música, el tinto y el cigarrillo, en un pequeño estudio perdido en la ciudad de la luz que albergara a Víctor Hugo, en la ciudad del romanticismo, mis pensamientos me provocaban una sensación agridulce, muy superior a la que pudiera darme un dildo.

Autor: Javier García Sánchez,

un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

23-10-2020.

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