EL MAYOR ANHELO

Texto presentado al mundial de escritura. Nombre del equipo: Nada nos detiene:

Ya habían pasado veinte años, más de la mitad de mi vida.
¿Qué es lo que lleva a una chica de quince años a fijarse en un compañero que no le hace el más mínimo caso? ¿Un chico que la ignora y apenas le dirige la palabra? Quizá fuera capricho, deseo por conocer ese hermoso sentimiento; ese cosquilleo que te recorre el cuerpo cuando piensas en la otra persona; cuando la tienes delante y te mira; cuando tus labios y los suyos se besan… Quizá fuera ansia de vivir, de sentirme libre, después de pasarme la infancia y la pubertad atada en casa bajo un férreo régimen militar. Pero yo no existía para ese chico, como ya dije. Es más: el hecho de saber que me gustaba hizo que actuara de manera muy arrogante, como si le indignara pensar que yo aspirara a él. No podía estar a su altura.
Aquel comportamiento, aunque detestable, en su momento me hundió. Yo era una adolescente criada en un ambiente machista, con un trato severo por parte de mi propio padre.
Durante semanas me quedé encerrada en mi habitación. Estaba convencida de que había obrado mal; que había fallado no sólo a ese chico, sino también a mis padres. Me sentía humillada. Creo que perdí mucho peso; apenas comía.
Pero la hermana de aquel tipo era un encanto de persona; era una de mis mejores amigas. Me veía llegar a clase con el semblante sombrío, cada vez más desmejorada, y se preocupó. Al principio traté de disimular; le decía que no había dormido bien; demasiado ruido en las calles, las vecinas… Pero no podía mantener aquella farsa. Pasaba el tiempo, yo enflaquecía y ella se inquietaba. ¿Pero cómo iba a contarle lo sucedido? ¿Que su propio hermano me había tratado como a un trapo? ¿Que los prejuicios de mi padre habían ayudado a hundirme? No lo comprendería. ¡Y yo me sentía tan sola! La angustia que me devoraba era cada vez mayor, hasta que el peso que tenía sobre mi conciencia me abrumó tanto, que tuve que contárselo todo.
Estaba temblando de miedo por su posible reacción: no dejaba de llorar. Después de lo que había pasado, iba a perder a una gran amiga; estaba convencida de eso. Pero necesitaba desahogarme, contarlo todo, aunque me muriera de vergüenza y terminara nuestra amistad. Es horrible no poder hablar con nadie sobre lo que nos aflige; entonces nuestro dolor va creciendo como un cáncer. Nos sentimos indefensos, perdidos, sin asideros a los que agarrarnos, sin aire para respirar.

Mi amiga me escuchó atentamente, mirándome a los ojos. Para mi sorpresa, cuando terminé mi relato me estrechó entre sus brazos; luego, cuando nos separamos, me regaló una sonrisa y me limpió las lágrimas. Su hermano era un estúpido engreído; ésas fueron sus palabras. En cuanto a mi padre, debía ignorarlo; era de otra generación, con un esquema de valores absurdo, completamente desfasado.

Aquella plática con mi amiga fue muy valiosa para mí. Me demostró que el pánico que había tenido hasta aquel instante por contarle lo ocurrido había sido infundado; y que ella, además, era una persona encantadora. Desde entonces hemos mantenido la amistad como buenas hermanas y he ganado en seguridad. En cuanto al tema sentimental, me di cuenta de que todo llega; que sólo es cuestión de esperar; que cuando menos lo pensara conocería al hombre adecuado, aquél que supiera valorarme y realmente mereciera la pena.

Autor: Javier García Sánchez,

Un bohemio romántico.

Desde las tinieblas de mi soledad.

25/10/2020.

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